Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
ENTRE SELVA Y PÁRAMO. VIVIENDO Y PENSANDO LA LUCHA INDIA
 

LUCHA E INVESTIGACIÓN EN GUAMBÍA > ARQUEOLOGÍA E IDENTIDAD: EL CASO GUAMBIANO

[Ponencia para el Seminario sobre “Tendencias Contemporáneas de la Arqueología en América Latina”. Fondo de Promoción de la Cultura, Banco Popular, Paipa, Boyacá, 1990. Publicada en Politis 1992, p. 176-191]

NOTA DEL AUTOR ESCRITA EN MARZO 3 DE 2011
Recientemente, la Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales del Banco de la República y la Universidad de los Andes, con la compilación de los arqueólogos Cristóbal Gnecco y Patricia Ayala, quisieron publicar de nuevo este texto en el libro “Pueblos indígenas y arqueología en América Latina”. Desafortunadamente, la intervención descarada y abusiva de una pretendida correctora editorial, Claudia Susana Rodríguez, destrozó mi texto y lo tergiversó de tal manera que lo hizo irreconocible para mí mismo, razón por la cual lo desautorizo completamente. Véase en la sección de documentos de esta página web, la carta en la que relaciono la mayor parte de los horrores que fueron cometidos con mi artículo.

Los guambianos son un pueblo indígena que habita en las tierras altas —por encima de los 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar— de la vertiente occidental de la Cordillera Central, en el centro-oriente del departamento del Cauca, Colombia. Se identifican a sí mismos como Namuy Misak, “nuestra gente”, o como hablantes de la lengua wam, “nuestra lengua”, que, ubicada inicialmente por los lingüistas como chibcha, se considera hoy sin clasificar.

La conquista española y la dominación subsiguiente fraccionaron a los guambianos en varias parcialidades, división que perdura aún en las “comunidades” de Guambía, Quizgó, Totoró, Ambaló, La María, San Vicente y otras de menor tamaño. Aquí se hace referencia exclusivamente a la comunidad de Guambía.

Para su subsistencia dependen casi exclusivamente de la producción agrícola: papa, cebolla, ullucu, haba, maíz, ajo, trigo, tanto para el propio consumo como para la venta —después de escrito y publicado este texto, los guambianos han ido dedicando una parte importante de sus esfuerzos productivos al cultivo y comercialización de la amapola—, a ello hay que agregar la presencia de algunos animales domésticos en número limitado: cuyes, gallinas, caballos, cerdos, ovejas y vacas. También compran alimentos, ropas y otros bienes de consumo en los mercados locales. Algunos pocos guambianos trabajan como maestros, funcionarios gubernamentales, carpinteros, zapateros o son propietarios de vehículos para el transporte de carga y/o pasajeros.

Se mantienen algunos procesos antiguos de producción de cultura material, especialmente aquellos que tienen relación con el vestuario. Las mujeres tejen en lana sus anacos o faldas y las ruanas de los hombres, mediante el telar vertical de cuatro palos, de claro origen precolombino. Con telares de horqueta se tejen los chumbes, con los cuales se amarran los anacos a la cintura o sostienen a los niños cuando los cargan a la espalda. Algunos hombres ancianos elaboran el sombrero de “pandereta”, tampalkuari, hecho con una larga cinta tejida en fibra vegetal, que luego se cose en espiral para darle la acostumbrada forma cónica.

Su territorio, con una extensión aproximada de 20.000 hectáreas, está reconocido por la ley colombiana en calidad de resguardo, tierras de propiedad comunitaria, imprescriptible e inalienable, que son adjudicadas por el cabildo a los miembros de la comunidad para su usufructo. Y sobre el cual ejerce su poder el Cabildo: cuerpo político-administrativo colegiado, máxima autoridad comunitaria, que se renueva cada año y que está encabezado por un gobernador elegido para períodos anuales por la población guambiana mayor de 10 años de edad.

Una gran parte de sus mejores tierras, especialmente aquellas aptas para el cultivo del maíz y el trigo, fueron usurpadas por terratenientes en distintos momentos de su historia y convertidas en grandes haciendas ganaderas o agrícolas. La mano de obra era suministrada por los propios guambianos en la forma de terraje: a cambio de que se les permitiera ocupar pequeñas parcelas dentro de las tierras que les fueron arrebatadas, para construir en ellas pequeños ranchos y sembrar escasos cultivos de pancoger de donde derivaban la subsistencia, debían trabajar gratuitamente en las haciendas durante cierto número de días al mes, bajo las órdenes de los terratenientes y sus mayordomos; a esto se le llamaba “pagar terraje” y a los indios sometidos a él, “terrajeros” o “terrazgueros”, quienes quedaban al margen de la vida comunitaria y de la autoridad del cabildo.

Las circunstancias de una severa escasez de tierras determinaron su forma de poblamiento actual. La mayor parte de sus habitantes se establece en forma estrecha y nucleada en las vegas relativamente planas de los ríos principales: Piendamó, Cacique, Michambe, Juanambú, aunque muchos poseen “trabajaderos” en las tierras más altas o más distantes de sus casas de habitación; en ellos permanecen durante temporadas de duración variable mientras se dedican a las labores agrícolas. En general, el frío, la lluvia y los fuertes vientos son razones de peso para que los guambianos actuales eviten vivir en las lomas más altas o en los filos de las montañas.

La estrechez de su territorio, la necesidad de disponer de una cierta diversidad de productos agrícolas y la penetración de valores de la sociedad nacional han llevado a un amplio fraccionamiento de la tierra en minúsculas unidades, no solo en cuanto a la poca cantidad que corresponde a cada familia o individuo, sino también a que ella está representada por varias parcelas, ubicadas en sitios diferentes y a veces distantes, dentro del resguardo y fuera de él.

Muchos guambianos se vieron obligados a emigrar a otros municipios del Cauca o a otros departamentos cercanos, aunque conservan estrechos lazos con quienes permanecen en el resguardo, siguen siendo considerados como miembros de la comunidad y mantienen con ella amplios lazos de intercambio de productos, trabajo y matrimonio. Esta circunstancia les ha dado acceso a tierras del piso térmico templado y por lo tanto a cultivos comerciales, como el café.

A pesar de la fuerte presión ejercida sobre ellos por hacendados, gamonales políticos liberales y conservadores, misioneros y maestros blancos durante siglos, los guambianos mantienen, en lo fundamental, una identidad que se basa en sus propios pensamiento, lengua, creencias, vestido, organización familiar, trabajos comunitarios, sistema de parentesco, autoridad, territorio, etc., aunque estos diferentes aspectos y su identidad misma se han visto afectados, resquebrajados y debilitados en grados diversos como consecuencia de la dominación.

CÓMO ADELANTAR LA LUCHA

Los cerca de 17.000 miembros de la sociedad guambiana emprendieron, a partir de 1980, una lucha decidida por “recuperarlo todo”, comenzando con su autoridad y su territorio, para luego darse cuenta de que también era preciso recuperar lengua, educación, pensamiento, historia, autonomía, todo completo. En esta lucha, la inquietud por redescubrir y fortalecer su identidad, lo que les es propio, ha jugado un papel de capital importancia.

Víctimas de la negación y de los procesos de despersonalización cultural por cerca de 500 años, muchas cosas de su manera de ser se han perdido, mientras otras están “ocultas”, “silencio”, y otras quedan solo en la memoria de los mayores, en tanto que los más jóvenes reniegan de ellas, avergonzados; ahora, los dirigentes y muchos miembros de la comunidad desean sacar a luz todas estas cosas, volver sobre los pasos de los antiguos, ser otra vez ellos mismos. Solo así podrán resolver, piensan, los complejos y difíciles problemas de hoy sin depender de nadie y sin dejar de ser guambianos. Pero, ¿cómo hacerlo? Dejemos que sean los propios guambianos quienes hablen:
Antiguamente, antes de Colón, los guambianos teníamos todo completo para vivir: nuestro territorio, nuestra autoridad, nuestra economía, nuestra organización, nuestras costumbres y, sobre todo, nuestro pensamiento; todo propio.

Cuando vinieron los blancos se produjeron grandes cambios, y se producen aún, y estos cambios fueron dejando al pueblo guambiano como vacío, pero no es vacío, es en silencio.

El invasor cortó un árbol, nuestro árbol, y dejó solo un tronco. Y los guambianos nos preguntamos cómo era el resto.

En 1980 comenzamos a recuperar lo nuestro: nuestro cabildo y nuestras tierras. Y la pregunta de cómo era el resto del árbol se volvió importante pues ahora queremos recuperarlo todo, nuestra vida completa.

Queremos saber cómo son la raíz y las ramas para hablarlo al cabildo, al pueblo, a los niños. Es necesario seguir las huellas de los antepasados.

La arqueología debe excavar de ese tronco para abajo y buscar la raíz. Hicimos arqueología; la estamos haciendo. Y hemos encontrado algunas cosas. Hemos sabido algo. Y hemos obtenido algunas pistas.

Para seguir estas pistas, para interpretar lo que vamos encontrando vimos la necesidad de hablar con los mayores, porque en sus cabezas está el conocimiento de la historia guambiana y en ellas se conserva nuestro propio pensamiento. Hicimos estudios de tradición oral (Comité de Historia del Cabildo del Pueblo Guambiano 1987).
Historia propia y arqueología

Es decir, que los guambianos buscan que la arqueología saque a la luz los objetos de los antepasados, sus vestigios materiales, sus huellas. Al hacer este trabajo, han ido descubriendo que las cosas no hablan por sí mismas, que aquellos objetos surgidos de las excavaciones no dicen nada por sí solos, que es preciso hacerlos hablar para que digan las palabras.

En este campo se oyen dos discursos: uno de los arqueólogos y de los etnohistoriadores, que los guambianos toman en cuenta, pero que no los satisface plenamente; otro de los mayores de la comunidad que hablan lo propio, que saben, pero que no es suficiente en las condiciones de hoy. Así, se hace necesario encontrar las palabras conjuntamente, confrontándolos ambos. “Había que comparar los cuentos [de los mayores] con las historias que salen de los papeles” (todas las citas de este texto sin indicación de origen provienen de los escritos de Martha Urdaneta; de ellos he extraído la totalidad de la información arqueológica.

Para lograr su empeño, los guambianos llamaron a las arqueólogas Martha Urdaneta y Sofía Botero para plantearles sus problemas.

Primero, los guambianos saben, y así lo confirma su tradición oral, que ellos son de allí, de esas tierras, que ellas les han pertenecido siempre aunque estuvieron invadidas durante siglos por terratenientes, pero los blancos no lo reconocen y dicen que fueron traídos del Perú y el Ecuador por los conquistadores españoles en calidad de yanaconas, “indios de servicio”. Frente a la palabra del blanco, ellos requieren que la arqueología, también palabra de blanco y por lo tanto también autoridad y poder, muestre con argumentos de blanco su continuidad en estas tierras “desde antes de Colón”.

Segundo, para vivir ahora, para retomar su identidad, es preciso encontrar las raíces, recuperar la historia, el recuerdo y las palabras del pasado para caminar con ellas hacia el futuro, siguiendo las huellas de los antiguos. En el pensamiento guambiano, el pasado va adelante y el futuro viene atrás. Así, la historia que se vive hoy necesita andar por el camino que abrieron los antepasados con su paso, por las huellas que ellos pisaron, para que sea una historia propia, guambiana.

Muchas de estas cosas están “ocultas”, y aquellas que se recuerdan o permanecen ya no tienen argumentos de autoridad frente a una gran parte de los miembros de la sociedad guambiana, muy influidos por maestros, misioneros y otros agentes de la sociedad colombiana. Es preciso develar lo oculto, excavarlo, y presentarlo con argumento de autoridad, de poder, para permitir la recuperación, para lograr que el conjunto del pueblo guambiano camine otra vez “tras el pensamiento y pasos de los taitas guambianos”.

CÓMO CAMINÓ LA INVESTIGACIÓN

Al comienzo de la investigación, el cabildo nombró a quince guambianos para “acompañar” (linchap), para que trabajaran tres de ellos cada día. Pero decenas de hombres, mujeres y sobre todo niños han participado, saliendo a los caminos para entregar bolsitas con material cerámico proveniente de todo el resguardo o contando historias sobre las “huellas de los antiguos”.

Con el cabildo se ha discutido cuándo y dónde excavar y cómo preservar los sitios a salvo de labores agrícolas durante el tiempo necesario para efectuar el trabajo arqueológico. Él ha obtenido de los adjudicatarios de los terrenos los permisos para las diferentes excavaciones, algunas de ellas realizadas en medio de los sembrados.

Por todo el resguardo se encuentran numerosos aterrazamientos, la mayor parte de posibles viviendas. Entre ellos es posible distinguir dos tipos fundamentales. Unos están aislados y ubicados en las partes bajas de las laderas y en las pequeñas elevaciones de las áreas planas; de acuerdo con los guambianos estos son más recientes y podrían pertenecer a viviendas de antiguos terrajeros o de comuneros. Otros —se han identificado más de 350 de ellos— están agrupados en conjuntos y se encuentran en las laderas altas y en los filos de las montañas a más de 3.000 metros de altura y parecen ser más antiguos, ya que no corresponden a la actual costumbre guambiana de poblamiento, pues, “los naturales no viven por allá tan alto porque el viento se lleva los techos de las casas”.

Algunas montañas están cortadas por grandes zanjones paralelos que las atraviesan por el filo y que los guambianos llaman “caminos de culebra”. James Ford encontró algunos parecidos cerca de Jambaló, al norte, y los atribuyó a fines defensivos, explicación que, dadas las características de estas huellas, no parece ser válida.

Hasta ahora se han trabajado muy pocas tumbas, por un lado, para evitar suspicacias de los miembros de la comunidad sobre posibles enriquecimientos, por otro, porque los guambianos consideran los huesos y objetos de tumbas como muy peligrosos, pues pueden enfermar o matar a la gente que entre en contacto con ellos; muchos dicen que no son de los guambianos sino de los pishau, sobre quienes se discute si son o no sus antepasados (un mayor, por ejemplo, piensa que los pishau eran los kollikmachik, los antiguos paeces). Las hay tanto aisladas y dispersas como agrupadas en cementerios.

La participación de los guambianos como parte del equipo de investigación ha planteado problemas metodológicos y operativos, cuya solución exige la confrontación entre sus puntos de vista y los de la arqueología, entre su manera de hacer las cosas y la arqueológica; pero, a la vez, se constituye en fuente de un obvio enriquecimiento de la forma de plantearse objetivos, formular las preguntas convenientes para lograrlos y realizar el trabajo de prospección, excavación, laboratorio e interpretación del material.

En las dos temporadas amplias de trabajo que se han cumplido hasta ahora, se han dado las obvias dificultades para la excavación con los encargados de “acompañar”, porque “los planes de los antiguos tienen mucha fuerza y lo enferman a uno”.

Pero, una vez en la tarea, se trata de decidir entre todos la manera de hacerla. Por ejemplo, en toda la excavación “el control horizontal básico está dado por las cuadrículas, ya que el hacerlo al interior de las mismas no gozó de mucha popularidad entre los guambianos”, quienes argumentaban que la pendiente hace rodar los materiales, que las raíces y lombrices juntan los que han estado separados, la vara de cavar separa los unidos y, al final, todo está movido de su sitio, ¿para qué, entonces, llevar el control? Por eso, “no fue posible evitar que, con alguna frecuencia, se crearan montañitas de tiestos dentro de las cuadrículas”.

Las discusiones sobre el control de estratos también fueron interminables. ¿Qué significan treinta centímetros de material arqueológico sobre la planta de una vivienda?: ¿ocupación continua de gente que no barría?, ¿varias ocupaciones?, y, en este caso, ¿cómo definir el límite entre ellas? Y, ¿qué pasa si la casa se amplía, se remodela, se desbarata y se vuelve a construir en el mismo plan?

Cuando ocurre uno de estos bloqueos en el trabajo, el recurso a los mayores y a los sabedores tradicionales es un modo de reencontrar la palabra y seguir adelante.

Por ejemplo, la idea de los moropik acerca de que “la mariposa grande hacía que la gente abandonara los planes... la mariposa era el espíritu de los finados anteriores y con ese espíritu (tror)... el médico decía que allí no puede vivir y tenía que abandonar esos planes... como la casa no era quemada sino podrida, [se derrumbaba y] esto hacía subir el nivel unos 10 centímetros [sobre la planta]”, resulta una hipótesis más plausible que la de la gente que no barría, enterrándose en su propia suciedad.

Al comienzo, la decisión de dónde terminar cada excavación constituía un problema arduo. En ocasiones fue necesario tomar la decisión, algo arbitraria, de parar a una cierta profundidad después del último nivel con material cultural. Más adelante, se estableció como una constante que ni en el estrato pardo amarillento (el D de un perfil “ideal”) ni debajo de él aparece nunca material cultural; ahora las excavaciones se detienen al encontrarlo, aunque en caso de duda se hacen sondeos que permiten profundizar más.

Y, ¿qué hacer cuando gente de la comunidad, hombres, mujeres y niños que llegan por primera vez, vienen a acompañar? En ciertas oportunidades, el área entera de excavación se ve colmada de personas que participan en el trabajo y es preciso introducir un cierto orden, darles explicaciones y orientaciones de las cuales, a veces, los mismos guambianos del equipo no están muy convencidos, pero... se trataba de sí mismos, de su propia historia.

Durante la primera temporada de excavación, especialistas guambianos en construcción de viviendas y en maderas diferenciaron huecos de bolas de chiza o enterramientos de cordón umbilical (usualmente hechos cerca al fogón) de posibles agujeros de postes de vivienda. Y, cuando se logró hacer esto, se “amarró el trabajo para los guambianos”; uno de ellos dijo: “ahora sí esto comienza a tener sentido”, expresión de la visión guambiana de que todo comienza y se origina a partir de la casa y, dentro de esta, de la cocina. Incluso, el territorio se desarrolla en círculos concéntricos teniendo la casa como centro, es una expansión de la misma como la comunidad lo es del grupo doméstico; los guambianos dicen que su territorio, el nupirau, es una gran casa donde habita una única y gran familia, la guambiana. Desde el momento en que fue posible identificar una casa, hubo pues un punto de partida para comenzar a desenvolver el conocimiento del todo.

AVANZANDO JUNTOS EN CONFRONTACIÓN

En los análisis de laboratorio el diálogo ha sido continuo. Entre otras cosas porque, según la finalidad básica que los guambianos confieren al trabajo, “la labor de ordenamiento del material cerámico se piensa como un medio y no como un fin en sí... se busca comenzar a definir criterios para una clasificación que ayude a reflexionar sobre aspectos de la organización socio-económica, la tecnología, las relaciones con otras gentes, etc.”

Por eso, “la idea no es clasificar por clasificar, sino buscar elementos en la cerámica que puedan reflejar aspectos centrales de la sociedad cuyos desechos son los que, mirados a la luz de factores externos a la cerámica misma, logren comenzar a hablar sobre los sistemas vivos detrás de los sistemas clasificatorios”.

Las categorías de la tradición arqueológica, basadas en la pasta, la decoración, los desgrasantes, las formas, etc., se confrontan con las de los guambianos, preexistentes en la memoria de los mayores y basadas en la función, la forma y el tamaño, con predominio de la primera: ollas de cocinar para la minga y ollas de cocinar para la casa, vasijas para cargar y para guardar el agua, ollas de preparar remedio, recipientes para “fuertiar” la chicha, tazas para comer, callanas para asar las arepas y tostar el maíz, etc.

Las diferencias de pasta, base central de la mayor parte de las clasificaciones, a los ojos de los guambianos simplemente pueden significar arcillas procedentes de diferentes minas, generalmente no muy ricas en material y prontas a agotarse y, por lo tanto, cambios de mina dentro de una misma zona; pero también procedencia de sitios distintos con recursos de arcilla diferentes, todo ello en un mismo plano temporal; lo mismo podrían implicar cambios en la sucesión del tiempo, o materiales preferidos para determinados tipos de vasijas, o diferencias entre familias o personas productoras de cerámica o comercio.

Desde un comienzo, los guambianos sostuvieron el criterio de que los materiales más finos y decorados son más antiguos y los más toscos son más recientes, criterio que se ha encontrado entre indios de otras regiones de Colombia, como entre los embera-chamí del río Garrapatas, departamento del Valle del Cauca, y que en Guambía se ha ido verificando como válido a medida que avanza el trabajo.

Pero, en el análisis general por parte de los guambianos, “el tiempo pareció diluirse, ya que todo el material se ubicó en un mismo plano temporal”, tal como ocurre en su pensamiento histórico y mítico, en el cual el tiempo se comprime hasta hacerse “plano”. A la arqueología corresponde restablecer, con sus secuencias y sus fechas, la profundidad temporal necesaria para enfrentar los argumentos de los blancos.

Un aspecto ha sido clave, sin embargo, tanto en los trabajos de excavación como en los análisis de materiales por parte de los guambianos del equipo: la idea de que se trata de vestigios propios, de “huellas de los antiguos guambianos”. Esto representa una ruptura con la idea anterior, ampliamente arraigada entre los guambianos y difundida por los blancos como un mecanismo para cortar la continuidad histórica de estos y privarlos de su pasado y de la conciencia del mismo, de que se trata de restos pertenecientes a los “pijaos” o pishau, y que estos eran gente extraña y enemiga. Así, el desarrollo mismo de la investigación bajo la guía de esta idea sentó los fundamentos para restablecer la continuidad de la historia guambiana.

LOS RESULTADOS Y QUÉ HACER CON ELLOS

Pero, ¿qué hacer en el momento de utilizar los resultados para alcanzar los objetivos de los guambianos con la arqueología?

La fecha proveniente de la primera excavación, 1620 ± 50 de nuestra era, reafirmó la presencia de los guambianos en esa época en la actual vereda Santiago, una de las tierras recuperadas, presencia ya testificada por los cronistas españoles y por documentos sacados a luz por la investigación etnohistórica, especialmente la visita de Tomás López (capítulo 1). Además, este inicio del trabajo permitió definir “lo guambiano” en el material cerámico.

La pasta fue clasificada por los guambianos como procedente de cinco minas diferentes:
• pasta con predominio de puntos blancos,
• pasta con predominio de puntos rojos,
• pasta con predominio de cuarzo,
• pasta negra con algo de mica,
• pasta con mucha mica.
De aquí se derivó la necesidad de buscar estas minas y sus ubicaciones, proceso que apenas comienza.

Con base en criterios arqueológicos tradicionales, tales como pasta (color, dureza, textura, porosidad), superficie (color, acabado, técnica de elaboración, decoración), el material cerámico de la primera etapa de trabajo (9.098 fragmentos) se organizó en siete grupos básicos. El del segundo período (8.415 fragmentos) solamente hizo necesario agregar un grupo nuevo y efectuar pequeñas modificaciones en la definición de algunos de los grupos iniciales.

El Grupo 1 contiene el 70,7% de todo el material y el Grupo 3, el 19.5%; estos grupos presentan grandes similitudes entre sí, y sus escasas diferencias pueden deberse a arcilla procedente de distintas minas o a peculiaridades en el quemado o en el uso. Esto apunta a la hipótesis de que la cerámica es producida y utilizada por una misma gente. Y que, quizá, la de los otros grupos es de otras gentes y fue “importada” por caminos diversos.

Según creen los guambianos, al mirar el grueso, el tamaño y la curvatura de los tiestos, el conjunto del material está conformado por piezas cerámicas:
de función única, como callanas (de tres clases: para arepas, para tostar maíz, para freír), tazas (cuencos) grandes para minga, ollas de remedios, ollas de traer agua, recipientes para “fuertiar” chicha;

de función múltiple, como ollas (grande para cocinar en minga, regular para uso de la familia, pequeña para cocinar para dos o tres personas, pequeñita para empleo por una persona) y tazas para comer (regular, pequeña, pequeñita);

otros objetos, como bases para colocar las ollas en el fogón, figurinas y “candeleros”.
Esta clasificación, sin embargo, tiene el problema de dejar por fuera la mayor parte de la cerámica, pues se trata sobre todo de fragmentos relativamente pequeños.

Por otra parte, mirada desde el punto de vista clasificatorio tradicional de la arqueología, la cerámica guambiana no presenta discontinuidades radicales, excepto en forma y decoración —en las cuales es posible seguir una cierta secuencia o desarrollo del material a través de los sitios que ha sido posible fechar—, antes bien, se caracteriza por su carácter marcadamente homogéneo. Entonces, la anterior clasificación se “afinó” hasta dar siete categorías formales, teniendo en cuenta tanto los criterios de la arqueología como los de los guambianos, aunque el punto de vista de la función no se trabajó lo suficiente por considerarse que era “algo prematuro” hacerlo:
• Vasijas globulares o semiglobulares de base redondeada o campaniforme y bordes evertidos, algunos de los cuales tienen huellas de pintura roja, como también decoración impresa e incisa. Agrupa el 51,8% del material.

• Vasijas similares a las anteriores, pero de borde muy evertido. Se las ha diferenciado porque, según los guambianos, éstas son de agarrar por el borde y más pequeñas. Algunas tienen decoración impresa hacia el borde. Contiene el 5,1% de toda la cerámica.

• Vasijas globulares con cuello o subglobulares de borde recto o semi-recto. La mitad tienen decoración impresa, pintada o incisa. Corresponde al 11,2% del material cerámico.

• Siete vasijas de boca estrecha; tres con decoración impresa hacia el borde.

• Cuencos de borde directo-evertido. Algunos ejemplares tienen decoración pintada, impresa y/o incisa e incisa-aplicada. Le corresponde el 18,8% del material total.

• Cuencos de borde directo-invertido, con algunos casos de decoración pintada o impresa. Incluye el 6% del material.

• 1 fragmento de cuenco de borde evertido.
Hay, además, 41 bases de vasija, sea campaniformes, la mayoría, sea en forma de pata, volantes de huso circulares-planos o cónicos, rodillos, asas y unas pocas figurinas. 68,9% de los fragmentos fueron definidos como correspondientes a ollas y el 24,9% a tazas.

En lo básico, la cerámica más antigua, anterior a nuestra era, ofrece algunas similitudes con el llamado Clásico Regional (por Luis Duque Gómez) o Isnos (por Gerardo Reichel-Dolmatoff), en San Agustín. Algunos tiestos con decoración impresa-incisa tienen parecido con los materiales “incisos-punteados-A”, hallados por Julio César Cubillos en el Morro de Tulcán en Popayán. Los impresos se asemejan al “inciso profundo” que halló el mismo investigador en el Morro de Tulcán, Pubenza y la fase Tinajas. El material más tardío parece presentar semejanzas con el encontrado por Álvaro Cháves y Mauricio Puerta en la región páez de Mosoco, también en el Cauca.

Los trabajos posteriores han dado mayor profundidad a la ocupación humana del actual territorio guambiano, remontándola hasta varios siglos antes de la conquista, en la vereda La Campana, y aún hasta antes de nuestra era, en la de Ñimbe, a más de 3.200 metros de altura, aunque todavía no es posible desde la arqueología, aunque sí desde la tradición oral, aseverar con certeza el carácter guambiano de esta ocupación más antigua. Así se ha confirmado el sentido del “somos de aquí”, sostenido con vigor por los guambianos y se ha dado plena validez, ahora también desde el punto de vista blanco, a su Derecho Mayor, base de la lucha por la recuperación de sus territorios: ser dueños por ser legítimos americanos, por ser los primeros en habitar estas tierras.

El Museo-Casa de la Cultura

Pero, ¿qué hacer con todos los materiales e informaciones que se derivan de esta arqueología para que hablen a la comunidad?
También encontramos que las gentes de la comunidad tienen guardados materiales de épocas pasadas: arqueológicos, provenientes de guacas y excavaciones, y etnográficos, que usaron los mayores y que algunos usan todavía.

Y la gente quiso donar estas huellas al Cabildo.

Así, para conservar los resultados de nuestro trabajo y para que ellos se dirijan a la comunidad y le hablen, salió la idea de este museo.

Pero no queremos un museo como los de los blancos en las ciudades: museos mudos que solo sirven para mostrar los trabajos de las tribus, porque en manos del blanco las cosas del indio no pueden hablar, están silencio.

En cambio, en nuestras propias manos estos objetos hablan porque no están separados de su pueblo y de su historia. A la vista, parecen mudos; pero al discutir, hablan mucho; una sola cosita tiene muchas razones para hablar.

Queremos conocer el pasado, pero no solo para conocerlo sino para con eso trazar el camino hacia adelante.

En los antiguos y desde los cacicazgos ha habido una palabra, una palabra muy clave: “atardecer bien bonito, amanecer bien bonito”. Esa era la palabra. Ella indicaba para todos el manejo, la unidad, la comunidad.

En la cuarta generación se terminó de que aconsejaran los papás a los hijos. La palabra que habíamos hablado se volvió silencio.

Con la quinta generación, las cosas nuestras se van acabando, nuestro pensamiento se va terminando.

Y en la sexta generación es aún peor. Algunos han dado ocho generaciones y en ellas todo se ha acabado. Se acabó la unidad de su pueblo.

Por eso, este museo tiene que hablar, tiene que levantar ese silencio, tiene que dirigirse al Gobernador, al cuerpo del Cabildo guambiano, a su pueblo y a sus niños, tiene que transmitir a la gente lo que va a ser para mañana y llevar a todas las veredas las palabras de los anteriores.

Con él, queremos enseñar que toda la cerámica y todas las huellas que se encuentran en nuestro territorio son de nosotros mismos y no de otros distintos, que los pishau son nuestros antepasados y no gentes extrañas.

Y que, por ello, nosotros somos nacidos de aquí mismo, de estas tierras y de estas aguas; y que no hemos sido traídos de otros lugares ni somos venideros de otros mundos. Que aquí es nuestra casa.

También queremos mostrar que el pueblo guambiano ha corrido por un camino muy largo; y que en esos tiempos se pasó por usar esos fogones, esas camas, esas ollas, esas cosas que están en las raíces.

Y queremos que el museo sea la base para recuperar una educación propia. Los anteriores pudieron resistir todos los atropellos porque tenían una educación propia; esta es la base de la comunidad.

Porque nosotros pensamos por un derecho; queremos crear un país de leyes con base en nuestra creencia; pero no es para crear leyes entre guambianos sino para que nos reconozcan los derechos. Para allá va nuestro trabajo.

Para enseñar a nuestros hijos para hacer una organización, para mantener una multiplicación.

La educación propia arrancaba de la casa, de la familia, y allí mismo se ampliaba a lo global. De la cocina (nakchak), con la familia reunida al pie del fogón, sale el manejo de un pueblo. Y de allí viene cogiendo otro hilo: el respeto del amor. Pasa a la nueva vida y a la multiplicación, entrando en la pieza o sala (wallikato) y en el pishiya —pieza pequeña, separada de la casa, donde se guardan las cosas valiosas.

Este museo es una casa para de allí dar vida al Cabildo y al pueblo.

En los cacicazgos era un global toda esta tierra, era un territorio, era la casa de los Namuy Misak, de nuestra gente.

La casa es la familia misma; da vida y da el manejo, y da la multiplicación hasta que alcanza un territorio. De ahí sale toda la unidad de su pueblo.

Por eso queremos que el museo sea una casa que de vida con su cocina, su pieza y su pishiya.

Nak es la candela, pero es de cocinar muchas cosas y no solo la comida. Y chak es el lugar del fuego, es el trabajo del organismo, es la función de cómo vivir.

El wallikato contiene muchas cosas en el sentido global de la comunidad.

El pishiya es para guardar las cosas valiosas que no se pueden dejar perder y que hay que conservar; es, también, para ver el manejo de los novios y de allí recibir el consejo.

Este museo no es solo para mostrar. Al ver los objetos allí, colocados en su lugar, parecen mudos. Para que hablen tenemos que encontrar sus palabras con los mayores de la comunidad, tenemos que investigar nuestro pasado. Y, cuando recuperemos las palabras, estas cosas dejarán de estar silencio y hablarán. Así se podrá dar una enseñanza (Comité de Historia del Cabildo del Pueblo Guambiano 1987).
Historia oral y etnografía

Para “encontrar las palabras” se emprendió una investigación de tradición oral con los mayores y los sabedores tradicionales. Para “acompañar” en una parte de ella y trabajar junto con el Comité de Historia de la comunidad, fui invitado por el Cabildo para que mi palabra de antropólogo, unida con la de los mayores guambianos, produjera palabras nuevas, basadas en la tradición pero adecuadas a las nuevas condiciones de vida.

Estas palabras de la etnografía deben “acompañar” con las de la arqueología, con las de la etnohistoria, para trabajar juntas con las de la comunidad, para hablar a la comunidad, para recuperar la voz y romper con el silencio.

Así se habla, por ejemplo, de la cocina, el centro de la casa y de la comunidad:
En la cocina está el fuego, la candela, que es como una madre porque nos da los alimentos y nos da el calor. Ella es nido de jóvenes que viven con sus padres antes de conseguir mujer.

De ella sale el manejo de un pueblo. De ella se coge el hilo del respeto del amor. Por eso decimos que el derecho nuestro sale de las cocinas.

Allí, alrededor del fuego, sentados en sus bancos de madera, los mayores hablan y en su voz caminan la sabiduría y el conocimiento de los anteriores. En su consejo, los hijos aprenden el manejo, aprenden el trato; allí se hacen guambianos.

De este modo, para poner una comparación, una olla de cocinar para la casa tiene un montón de cosas guardadas, tantas que uno hasta se cansaría de hablar con ella.

Así, una yerna, cuando llega el suegro tiene que servirle a él primero, luego a la suegra, y al esposo y al cuñado, y así a los demás. Pero no como pueda: no debe regar al suelo ni tirar los trastes ni servir muy lleno ni regar en el mismo plato. Debe servir bien mezclados todos los productos, que no sea agua sola ni muy poca agua ni a unos mucho y a otros poco. Es el consejo del respeto y de la igualdad; es el consejo que viene a las mujeres.

O la olla grande para la minga nos habla de qué medida servir a cada uno para que alcance por igual a todos los participantes. Y de la mujer que sabe repartir porque tuvo el sueño y su mano está curada. En solo dos veredas quedan ahora mujeres que sean capaces de repartir la comida en minga, una en cada una. Si ellas muriesen, ¿a quién se va a pedir favor de que venga a sacar comida?

Y el consejo que llega al hombre: ¿cómo amar a su papá, a su mamá, a sus hermanos? O, ¿cómo recibir la comida a las mujeres sin dejar de decir dius pay unkua? Los de hoy reciben sin decir nada y se van.

Allí en el museo, sentados los niños en sus banquitos, alrededor del fuego, en el nakchak, las cosas darán nueva voz a las palabras de los antiguanos; y cesará el silencio.

Este museo es así. Porque para educar todo esto no hace falta leer, escribir, cantar o rezar, sino ver al pueblo, ser reconocidos como guambianos y luchar por la unidad (Comité de Historia del Cabildo del Pueblo Guambiano 1987).


En la antigua casa de Santiago, una de las haciendas recuperadas, los guambianos han hecho su museo. Éste reproduce una vivienda tradicional hasta donde las características arquitectónicas lo permiten; su propósito es construir más adelante una casa a la manera propia, con su cocina, su pieza, su pishiya.

Los niños de las escuelas, pero también jóvenes y mayores, vienen a visitar el museo. Allí, colocados alrededor de cada espacio, escuchan la palabra, oyen hablar a los objetos por la voz de los mayores que conocen, que saben, que han investigado. Allí llega hasta ellos la voz de los antiguanos, indicándoles el camino que deben seguir para poder vivir.

Desde este lugar, desde esta casa, los antiguos expanden su voz a toda la comunidad. En las veredas, en las escuelas, en las mingas, en el cabildo, en las demás actividades cotidianas, el quehacer se va amoldando a estas voces, con dificultad, con esfuerzo. Y desde allí, con las bases surgidas del museo y de la continuación de los trabajos, los demás guambianos van contribuyendo a recuperar la voz de los predecesores olvidados.


 
 
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