Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LA ESPERANZA Y EL ESPEJO
PREÁMBULO A LA PRIMERA PARTE

Para reconstruir la historia de vida del Plan Integral de Vida del Pueblo Guambiano, seguí las voces que emanaban en cualquier momento, buscado o no, para poder reunir las fichas de un complicado rompecabezas.

Cuando redacté mi proyecto tenía un conocimiento muy primario del Plan. Solo conocía el Libro Azul. Fui adquiriendo dominio progresivamente, día a día, en cada entrevista, reunión o capacitación, frente al fogón o en el camino. En un comedor o durante el trabajo. Mientras me llevaban en moto o veíamos televisión. También cuando me sentía envuelta en él, cuando estaba en el Cabildo y observaba toda la tensión y meneo que hay a su alrededor.

Aunque el análisis se inicia en la resuelta intención política guambiana, pero son sus estrategias las que presentan mayor complejidad y confusión. Aquel conjunto de actividades ideadas para un bienestar asumido de maneras no muy diversas, más bien desconcertantes y retrospectivamente previsibles.

Las maniobras, ya desde su formulación —escritura—, ya en su ejecución, contrarían la voluntad primera: la de los mayores guambianos que dispusieron cuál debería ser el camino de lo inevitable. Los mayores lucen algo forzados, con una compañía que ya no pueden rechazar. Su voz de protesta está tan difundida como frágil y La Esperanza, más bien abstracta, puede ser suprimida bajo el criterio de los gobernantes de turno.

Este trabajo son mis relaciones.

Relaciones de todo tipo, distantes, cordiales, afectivas o frías.

En compañía logre alcanzar las alegrías y desencantos según cada quién y su ánimo. Algunas historias y deseos de jóvenes, adultos o mayores. Y no sólo por lo que me decían ellos, sino fundamentalmente por el día a día y por lo que de ellos me decían los demás.

Y Ella también pasó por ahí.

En mi deseo de tropezar con La Esperanza intenté dilucidar relaciones entre unos y otros. Caminaba no muy fácilmente entre ambiciones y viejos recelos. Mi bienvenida fue probar un poco de esto, otros contaron con más suerte.

Las dificultades que señalo son las que encuentran estas personas. Cuando se repiten sucesos, causas y nombres, por ahí es la pista. O a veces no.

Reflexiones, monólogos, incertidumbres, inclinaciones y ganas son cachos del rompecabezas. Los que por regla no aparecen, como sería lo justo, se esconden bailando en mi mente. Sin perder sus rostros aún.

COMO UN BAILE

Acepto que unas voces y mentes fueron más privilegiadas que otras.

En mi inexperiencia creí que sería sólo cuestión de corazón, algo que pocos logran. Escapar de los caudillos. Por cierto, algunos agotados con su notoriedad. Pero caí en lo mismo.

Allí, mi vida estuvo al cuidado de familias no muy cerca del poder, sino de la tierra, así fuera para rayar. Los que todos los días son invocados, el pueblo guambiano muy diligente.

Pero la intimidad de La Esperanza no la conocen muchos. El origen, cómo y cuándo. Quiénes y por qué, cuánto. Dónde está.

Tal vez por esto, las respuestas no me convencían. Quería más. Algo que me hiciera abrir la boca.

Un día de mayo, mientras derrotada desgranaba arveja en Tapias, entendí que en el nerviosismo, anonimato y obviedad que tanto me turbaban estaban las respuestas. Por encima de cualquier intención intelectualoide, tenían razón.

Mucho después, Abraham opinaría que el problema era mío. De mi manera de inquirir. Puede ser. Pero no tanto. Porque la ultima generación de La Esperanza ya tiene 10 años. Ha estado saltando y gritando aquí y allá. No sólo fue un momento pasado. Lo importante ha sido su crianza. Es su historia. Siempre han querido vivir mejor, pero el transcurrir aturde.

LAS CABEZAS VISIBLES...

Ellos mismos se llaman así cuando explican porqué los culpan de la mayoría de los desaciertos. Debido a esto, utilizaré para dos de ellos un seudónimo.

La intención política persiste aquí y en sus alrededores. Y siempre hay amigos y detractores de La Esperanza.

En mayo, después de las elecciones, era frecuente hablar de Ella. Presentarla y hacerla desfilar por corredores atestados de extraños sorprendidos. Cada vez está más cerca del poder, tanto como nunca imaginó.

EL CONVENIO CON EL CABILDO

El día de mi primer viaje a Guambía coincidió con el comienzo de los graves enfrentamientos entre indígenas guambianos e indígenas de Ambaló. Los últimos, se habían tomado la finca La Peña, adquirida por el Incora para el Resguardo guambiano, así que no conté con mucha atención por parte del Cabildo. Después de mucha espera, logré la autorización del Vicegobernador y regresé a Bogotá. A la semana, recibí una llamada y volví a Silvia, a una reunión sobre el Plan de Vida, que nunca se realizó.

Este segundo viaje lo aproveché para hablar con el Gobernador —Taita Esteban Calambás— acerca de mi proyecto e ir conociendo el ambiente. Entre otras cosas, en esta segunda temporada entendí que aunque hubiera podido trabajar sólo con la autorización del Vicegobernador, no hubiera sido del todo prudente, en las condiciones del momento y con el tema de mi trabajo. Luego de muchos días de insistir, el Gobernador delegó la decisión a otro taita y este a su vez a otro, más joven y técnico agropecuario. Dependiendo de la opinión de Taita Francisco Almendra sobre el borrador de mi proyecto, el Gobernador decidiría si me aceptaba o no. Esta fue la desalentadora respuesta de Taita Francisco: “¿Usted leyó el Plan de Vida?, no parece, esto está muy enredado. ¿Lo va a hacer usted sola?, la comunidad está cansada de reuniones, y el Cabildo se contradiría porque ya se dio la orden de no hablar con extraños... el orden público está difícil y no hay seguridad para usted, alguien tendría que acompañarla y ¿quién?... esto ya pronto no va a importar, porque el Plan de Vida va a ser reformulado... ese trabajo ya lo están haciendo [los “Asesores del Cabildo”] y usted tal vez con su trabajo generaría mas división, tal vez si trabajara con ellos...”. No podía esperar una respuesta afirmativa entonces. Insistí un poco más sin lograr mayor cosa. En el último momento, del último día, cuando estaba parada en el Cabildo por inercia, sintiéndome algo ridícula y ya me acomodaba a la idea de no hacer el trabajo en Guambía, conocí a Oveimar Muelas, sociólogo guambiano, quien me ofreció una ayuda que acepté sin muchas ganas ya, pues mi cabeza se encontraba buscando mis próximas víctimas, talvez en el Resguardo de Suba en Bogotá. Oveimar invitó a Taita Esteban a tomar un café; yo esperaba y ellos hablaban en lengua.

Lo primero que Oveimar me dijo fue: “dice que no quieren monógrafos porque se van y no vuelven... que se comprometa en un convenio y que así él firma...”. El convenio fue redactado por el Coordinador del Comité de Justicia, taita Mario Calambás, y en él me comprometía a entregar una copia del trabajo al Cabildo y a socializar los resultados a la comunidad, también a llevar la autorización de la Universidad para mi trabajo. El Cabildo se comprometió a brindarme toda la información necesaria y a redactar un permiso de permanencia por seis meses a partir de la fecha de inicio del trabajo, por si alguien me preguntaba que andaba haciendo por allí.

Partí, prometiendo volver el año siguiente para iniciar mi trabajo de campo, pero éste ya había comenzado...

PROPUESTA

El carácter movible de las comunidades indígenas, producto de las ineludibles circunstancias en que se ven envueltas, no es nuevo. Pero me gustaría suprimir la interculturalidad, transculturalidad, la multi o pluri o supraculturalidad, ideas que solo consideraré en calidad de distractores.

Ese carácter, que resulta para mí muy conveniente, lo conjuro para esclarecer la inestabilidad Guambiana. “La noción de lo propio” una idea, un conocimiento algo impreciso, no insustancial, de lo que se piensa y dice que es lo propio, lo guambiano, para mí -a pesar de las tendencias intelectuales-, no tan ambiguo o vacío como se piensa. Puede ser perfectamente identificable. Los guambianos recurren a esta noción cada vez que se refieren a su identidad. Cuando se refieren a la vida que están perdiendo, las luchas o los mayores.

Cuando hablan de lo que consideran necesario manejar actualmente y los riesgos que esto tiene y que quieren superar, se refieren a otro concepto que tampoco es vago: “lo de afuera” mestizo, blanco o de occidente. Clara referencia al territorio. Aspecto físico que fundamenta uno ideológico. La memoria, la autoridad y la Vida.

No me parece necesario insistir en que “lo propio” hace parte de un proceso histórico. Eso también lo saben los guambianos. Saben que la mayor parte de su vestido es comprado, pero también que les permite autoidentificarse como guambianos y diferenciarse de un mestizo o un páez. Muchos mayores recuerdan que alcanzaron a utilizar el “otro vestido guambiano”; se usaba hacia la década del 30 del siglo XX. Ese también era propio. Igual sucede con el wam, lleno de expresiones en castellano y algunas en inglés. Por esto considero que pierde relevancia si este vestido es de tipo prehispánico —imposible— o posconquista, poscolonia o posrepública.

Conocen también lo que no es de ellos. Que es lo que viene de afuera, así haya nuevos asentamientos guambianos en el Cauca y Huila. Lo de los blancos. Construcciones, implementos o equipos. Conceptos y leyes ajenos, así los usen todos los días. Reconocen el cambio en los comportamientos y cómo esto afecta su “cultura”.

Los bordes entre una y otra noción están definidos. Por eso las dificultades del Plan de Vida son “irse mucho hacia fuera”, porque lo de afuera hiere lo propio. Así se encubra bajo denominaciones demasiado comunes ya, como interculturalidad, derechos, participación, equidad, Desarrollo Sostenible o Desarrollo Propio.

Ellos saben cuál es la historia guambiana, la que nace del territorio y las lagunas; aunque cada vez son más, los que creen que son ingenuas fantasías.

Una noción no es algo concreto, mucho menos explícito. Pero todos, sin importar si han estudiado o no, la conocen y se cubren con ella. Se vive y se deja minuto a minuto. Se sabe donde está y se señala así sea para abandonarla.

Cada ruta tiene sus protagonistas. Algunos aparecen más que otros. Los funcionarios que pertenecen o pertenecían a instituciones de Cali y Popayán, que tienen algún programa en Guambía, son fundamentales. Reflejan las políticas aplicadas y las dificultades según dichas políticas. Los documentos también. “Dentro” del Resguardo o “fuera” de él. Los primeros no son necesariamente los del Cabildo, aunque sí la mayoría y muestran la constante reflexión y manejo político de la identidad. Pero hay otros documentos que, además de esto, llaman la atención sobre “otros centros de poder” en Guambía (Muelas: 2000).

Los documentos del Cabildo los obtuve a través de las oficinas de los comités, mas no del archivo central del Cabildo. La movilidad me permitió superar obstáculos de este tipo. Las “fichas” que no encontré en Guambía, como el Censo Estudio de 1991, las encontré en Bogotá. Los documentos de las movilizaciones en la Panamericana y las negociaciones con el INCORA que no encontré en el Cabildo, porque no me dejaron entrar, los conseguí en el INCORA en Popayán. Otros más en Cali. Esto es lo conveniente. De manera que no fue sólo consecución de fuentes. Es metodología, como la unión entre teoría y práctica. Si asumo la movilidad espacial y política guambiana e institucional, el trabajo antropológico debe ser consecuente, aunque ignoro si en todos los casos sea imprescindible.

Por último, taita Avelino Dagua se expresa mejor que yo.

¿Qué es comunidad?, habla comunidad y no se ha podido hacer la práctica, la comunidad...”.


 
 
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