Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
CONCLUSIONES

Fue por Dominga Gaviria por quien comprendí que hay algunas conversaciones que no tienen final, o que la ausencia del interlocutor no significa que se deje de escuchar a la persona y que un tema que alguna vez se tocó tangencialmente volverá a aparecer en otra conversación o en los recuerdos de los momentos que alguna vez por allí se vivieron.

Una de las tardes en las que solía ir a “saludar” (también había prendido que el saludar no es ir y decir: “quiubo, qué más, “ sino compartir, hablar, conversar, dejarse cuestionar y preguntar), después de compartirnos secretos para mantener más brillante y saludable el cabello, de preguntarnos por los días tan soleados y comentar sobre la salud de su niña pequeña y contar las dificultades que yo tenía para “escribir” y hablar de los muertos, y después de ver fotos (de indios en la ciudad sin estar disfrazados), Dominga me miró con esos ojos negros, grandes y con una sonrisa me dijo, mientras con sus manos hacía un nudo en su largo, liso y brillante cabello, que la vez pasada se había estado acordando de mí y ahora sí me iba a contestar una pregunta que le había hecho hace días.

Me contó la historia de su vida, de por qué y cómo había llegado a Bogotá y cómo había conocido el amor y las tristezas. Recuerdos y nostalgias que se notaban le dolían en el alma por la ausencia desde meses atrás de su Alberto, su esposo.

Los nombres de los hoteles, las situaciones difíciles, la vida en la calle, la vida con sus esposos, el luchar. Cada vez que nombraba un sitio lo dibujaba con su dedo y las vueltas de su cuerpo me señalaban, allá abajo, al lado de tal centro comercial, es que antes había tal cosa y ahora no, recuerdos de cómo había llegado a Bogotá, lo que había tenido que soportar en la calle, en donde ella aprendió y sus hijos también y los hijos de muchos otros, y sus sobrinos; los viajes a países y pueblos; el andar en las calles casi a “pie limpio” aún niña, cuando debía cuidar a los niños y ayudar a cuidar el “puesto” de trabajo.

Y mientras me describía los lugares, las calles, yo me iba acordando de mis historias, de los recuerdos que puede tener también una hija de migrantes campesinos de un pueblo cercano a Bogotá, quienes en sus reuniones también dice que tienen un espíritu comerciante que los llevó a aventurar, pero no a ser vendedores ambulantes sino a establecerse en el “comercio formal”; y también recordé esas charlas en las cuales ellos hablan y dicen que uno siempre tiene que estudiar en un colegio e ir a una universidad para ser alguien en la vida. También cerca de San Victorino, pero más al lado del hospital San José, y también más hacia el lado del Cartucho, recordé la historia que me contaban los de mi familia y también los cambios de barrios. Y comprendí que la conversación no es sólo hablar.

La conversación se presentó a mí no sólo como la posibilidad de poder hablar, sino de conseguir lo que considero fue lo más importante y que serviría como punto de fuga para varias ideas que, basadas en observaciones de otros tiempos, volvieron a mi memoria. Las confrontaciones, como llamé a ese momento, y que no son más que el resultado de dejarse entrevistar no sólo por el entrevistado sino por no negar en ningún momento las condiciones que marcan la relación desigual, en este caso de entrevistador-entrevistado o investigador-investigado.

Porque la confrontación surge sólo en el momento en que se escucha y se es escuchado, y se refuerza por las vivencias de cada uno de los hablantes, de las experiencias de vida y la vida marcada por las condiciones sociales de cada uno. Este último aspecto se reforzaba porque el tema de este trabajo me llevó a preguntarme también sobre mis espacios, mi casa, mis barrios, las calles, las aceras que yo caminaba. La confrontación también surge, entonces, de lo que he llamado experiencias de vida; lo he llamado así porque se han constituido a través y en la medida en que se aprende y se conoce; sólo a través de esta experiencia he conocido otros modos de vivir. Dónde se aprende lo que se aprende, cómo se aprende, para quién o qué se aprende, cómo se toman ciertos conocimientos en determinados lugares.

Se convirtió así en una mirada a mis espacios, a mi “territorio”, a eso que más allá de lo físico, mis sentidos y mis percepciones se han apropiado, a la manera como están delimitados esos espacios, la manera como me los han delimitado; y yo los he delimitado y en esa transformación no podía dejar de lado algo de la historia de mi vida.

La alcaldía plantea el Espacio público como lo ve Delgado (1999, 2000), como un espacio liminal, fluido, de mutaciones, y los ingas como un “territorio”, no como el del Putumayo, pero sí lo que permite ser aunque se tenga siempre en cuenta que al origen se debe volver. Volver y caminar de donde se salió, pero a donde se debe volver, como el ombligo del recién nacido debe regresar a donde vino, arrojándolo y quemándolo en la tulpa, donde arderá al calor de las brasas del fogón mientras las historias se mezclan con secretos, curas y remedios, historias de viajes, historias que no sólo son historias ni cuentos pasajeros, historias vividas de vida (es así, a pesar del pleonasmo), de los que no logran distraer ni los ruiditos producidos por los cuyes que corren dispersos alrededor.

Pero ese territorio, el primero del que se fue expulsado y cuando fue usurpado se negó la libertad de ser, porque el territorio no se puede reducir a un pedazo de tierra. Vasco (2002) ya había anotado la manera particular como se relacionan los indígenas con la tierra y que los diferencia de los campesinos. El pensamiento telúrico “aquella parte de la conciencia social de algunas comunidades indígenas. se estructura alrededor de la idea de la existencia de una ligazón vital entre la tierra y la comunidad” (Vasco 2002). Lo que diferencia entre la lucha de los campesinos por la tierra entre los la lucha de los indígenas por su tierra.

Aunque inicialmente la relación que se establece entre el hombre y el espacio vital es de sobrevivencia, se convierte en un espacio para poder vivir; en la medida en que sobre ese espacio se ejercen relaciones de poder que median sobre el control de la producción de ese medio, también se está controlando la vida de los que habitan sobre ese territorio, ya que esta relación, aunque mediada por intereses individuales, se halla sujeta a procesos más amplios.

No obstante, no es exclusiva la posesión de un territorio para los indígenas. Todos los seres humanos, como hemos visto, poseen territorio; su posesión en los seres humanos está mediado porque somos seres biológicos y sociales, por lo tanto no es exclusivo de los indígenas poseer alguno. Todas las personas necesitamos del espacio físico como base de nuestro sustento; pero son las relaciones las que constituyen el territorio (como ya lo habíamos anotado antes), relaciones que se crean entre la sociedad y entre los mismos integrantes de la sociedad, relaciones que se constituyen históricamente.

Un territorio es, entonces, después de los planteado, algo más que un espacio; es una construcción social que surge desde la relación que se establece con la tierra o con cualquier medio físico desde donde se pueda generar el sustento para vivir. En el territorio también se genera sentido de pertenencia y éste no es único ni exclusivamente dado, porque de allí se nace o porque de allí son sus orígenes. El sentido de pertenencia se consigue cuando el estar en un lugar permite ser. Y ese ser puede ser la identidad, pero yo prefiero expresarlo como la libertad. Libertad de ser o estar donde uno quiera estar. La venta en las calles proporciona es libertad en cierta medida.

¿Por qué considerar que para los ingas las calles son un territorio, que los diferencia de los otros vendedores ambulantes? ¿Es acaso el ser indígenas? No estaría cayendo yo en el mismo juego de buscar “características indígenas” en la ciudad. En apariencia sí, pero no es interés de este texto preguntarse o no si para los demás vendedores ambulantes no ingas la calle es también un territorio. La amplitud de este estudio no abarca eso, aunque bastaría decir que lo más seguro es que sí. No solo por lo escuchado de otros vendedores, como Doña Maria Tránsito, vendedora de loterías en la esquina de la décima con doce, quien defiende su esquina porque es su territorio y ella ha estado allí desde hace ya treinta años o tal vez más, o porque lo mismo es lo que responden los desterrados que venden en los semáforos.

Sin embargo, esta situación a mi modo de ver no se podría plantear de una manera tan fácil, no sólo por las características de implantar un solo modelo en una ciudad y negar la múltiple existencia de múltiples ciudades y la viabilidad de la aplicación de múltiples modelos, sino porque niega los traumatismos o, mejor, los conflictos que esto genera.

Eso es lo que creo pasa con los vendedores ambulantes, para este escrito con los vendedores ambulantes indígenas ingas, que viven en la ciudad de Bogotá, con las políticas de espacio público y, más allá de estas, con un modelo de ciudad que no sólo se refuerza en éstas y a la vez las produce, sino que se basa en ellas para generar toda una serie de comportamientos, de modificaciones culturales que bajo una máscara de heterogeneidad, de diversidad, homogenicen a los ciudadanos, “a los buenos ciudadanos”.

De esta manera, entonces, el invisible, el negado, no sería siempre un invisible, un negado; se convertiría más bien en un oculto que de vez en cuando sale a la luz para ser señalado y por medio —como el caso del Dr. Jekyll y Mr.Hyde— de este servir de punto de referencia, de ejemplo, de advertencia de lo que no debe ser algo o alguien y cómo modificándolo por medio del traspaso, de la reubicación a ciertos espacios, pasa a ser “buen ciudadano”.

No obstante, ya se habrá dado cuenta que el párrafo anterior dice mucho y no dice nada, a la vez. Primero, porque se vuelve a transformar algo invisible, algo negado, en algo oculto; sin embargo, ¿qué diferencia hay?; algo que no se puede ver, que uno no quiere ver, aquello que no quiere dejarse ver; pero en el caso del Dr Jekyll, su lado bueno y su lado malo ocultando aquello que no se deja conocer o no se debe ver.

De este modo, los vendedores ambulantes ingas son visibles porque el uso que hacen de las aceras es totalmente el contrario del que se propone para la nueva ciudad, pero son invisibles cuando son atropellados, a menos que ocurran hechos espectaculares como los contados anteriormente; sin embargo, vuelven a ser visibles cuando sobre ellos recaen las benefactoras políticas de la Defensoría del Espacio Público y les ofrecen locales en Centros Comerciales, pero son invisibles ante los reclamos con las formas de pago o los medios para poder acceder a estos.

Sin embargo, no son sólo invisibles; también son o no ocultos, también son considerados invasores, con toda la carga ideológica que lleva esta palabra, se apropian de algo que no les pertenece para sacar un beneficio propio, todo alejado de los “intereses de las administraciones”. Son lo contrario a lo que debe ser un buen ciudadano, y son todo aquello, antiguo, malo, que caracterizaba a los malos ciudadanos.

También son invisibles en las fotos y las postales de la ciudad que, como Bogotá, últimamente privilegia la aparición otras imágenes referentes a ella: del Transmilenio, de los parques, etc; y prefiere para los foros y seminarios mostrar un antes y un ahora, un antes, malo, sucio, invasor, y un ahora común en proyección al futuro; renovada, acorde con las nuevas exigencias mundiales y, ante todo, para la gente. Pero, ¿para qué gente? Para la que está cordialmente invitada a ser parte de la nueva renovación o a la que se le aplica el síndrome del famoso doctor, sumándole que ya ese ocultar no solo es nominal, sino que se construyen o adecuan —múltiples— y variados espacios en donde se pueden ocultar, como en los Centros Comerciales.

Sin embargo, ciñéndose al objetivo de este trabajo, diría que las calles son un territorio para los ingas porque además de ser su lugar de trabajo, de intercambio con otros no indígenas, de reconocimiento y diferenciación, como un complemento para los que se aprende en la casa, pues allí se aprenden ciertas cosas y en la calle otras. No ya a sembrar ni a cultivar ni a cazar —aunque sí a kasiar—, pero a trabajar de otra manera vendido mercancías. No es únicamente la relación económica lo que valoriza las calles como territorio. Ya Vasco, había anotado que estas relaciones (las económicas; de propiedad y medio de producción); son sólo una parte de ese haz de relaciones que constituyen y se constituyen con el territorio. Es, por ejemplo, lo que él mismo marca como la diferencia entre las nacionalidades indígenas y los campesinos; pues mientras los segundos luchan por la tierra, los primeros luchan por su territorio, este último un concepto mucho más amplio que abarca el de espacio como medio de producción y propiedad, mediatizado por el trabajo; pero sobre todo como conjunto de relaciones: “las relaciones que se daban por medio del pensamiento y la palabra eran igualmente importantes y esenciales en la conformación de esa territorialidad” (Vasco; 2002: 424).

Pero parecería que a veces esto se deja de lado; igual que ocurre con los ingas que viven en Bogotá, y con los indígenas que viven en sus territorios ancestrales; se pretende hacer creer que el problema para algunos es de un espacio más digno (dejar las calles y pasar a un local) y para los otros el deterioro y escasez de tierras situación agravada por el conflicto que vive el país. Así el problema del indio es por la tierra, sin tomar en cuenta que eso es sólo una parte de sus luchas, fundamental si, pero es sólo un fragmento de algo más de fondo.

Lo que ocurriría y lo que demuestra la situación de los ingas que se dedican al comercio ambulante en Bogotá, que como ya vimos no son todos los ingas que viven acá, es observar cómo el “reconocimiento de los derechos de los indígenas” se sustento básicamente en sus tierras (muchas veces dejando de lado su concepción de territorio) y pretendiendo que así se solucionaría todo. Sin embargo, el problema no es sólo de sus tierras o de su territorio, sino de su reconocimiento; o más bien, cómo éste fue dado; esta situación, como vimos, permeó no sólo varias instancias de la sociedad, entre ellas las que ayudaron a crear la imagen del indio ecológico, brujo, bueno, noble, pero, sobre todo, la de su imagen aún lejana cercada por las selvas o los desiertos, imagen distanciada en el espacio, y que permeó algunos estudios antropológicos que no podían ver a un indio que no estuviera en su territorio; tal vez es por eso que el indio entre más cerca esté de uno y más alejado de esa distancia espacial (fundamentada en ese sentido del espacio físico), necesita más pruebas de su “indianidad”. Tal vez por eso en la ciudad las mujeres usen el sayo, se usen ciertos distintivos o se tengan fotos de uno con disfraz de indio y otras sin éste.

O se les pregunte cada vez más si son o no, interrogándolos y pidiendo pruebas materiales de que en efecto son indios. Lo que se produce no es solo un distanciamiento espacial, como en efecto ocurre, sino también temporal, encasillándolos todavía en “sus antiguas tradiciones” de las que también se piden pruebas. Así, el indio sigue siendo otro exótico; sin lugar a dudas encasillado espacial y temporalmente y, si están en la ciudad, pierden ese componente esencial de su indianidad.

Componente que ha sido creado en su gran mayoría por los estudios antropológicos, esos mismos que condenan a los indios a estar en la tierra y que pretenden negarlos cuando aparece en otros escenarios. Pero seguramente lo anteriormente dicho estaría en contravía con los nuevos adelantos de la antropología que, según algunos, en Colombia cruza por los iluminadores umbrales de los nuevos tiempos, porque se esta reconociendo precisamente esa fascinante diferencia.

Y no es que antes no se haya reconocido, es que se supone que el cambio es que ahora se reconoce no para tratar de “civilizar o evangelizar” sino para tratar de conservar o mantener lo que sea útil para estos nuevos tiempos de economías sustentables de diversidades. No es extraño entonces que esa diversidad sea la llave para un mejor futuro, el abracadabra que nos salva de quedarnos encerrados sin conocer los tesoros que guardamos.

Difícil es, de todos modos, creer que el vuelco dado por la antropología al dejar de invisibilizar a los indígenas que viven en la ciudad, se deba a los “avances” de ésta. Los intereses que motivaron la fundación de la antropología como una disciplina que debía interesarse por el estudio de las sociedades exóticas, primitivas, prístinas, alejadas del mundo por estar encerradas en una cápsula que las mantenía preservadas hasta que llegara “el blanco” quien, con un escalpelo dirigiría la disección y se encargaría de examinar, estudiar, aprobar o reprobar sus comportamientos, está muy alejada de las circunstancias del mundo de “hoy”, globalizado, con fronteras líquidas, permeables, fluctuantes.
La imagen de la comunidad perfectamente maleable, capaz de hacer de ella una representación en los mapas con contornos y límites perfectamente distinguibles, sigue existiendo, tal vez no sólo en los libros de educación primaria y secundaria que se utilizan en las escuelas o colegios, o en las cabezas de los que crecimos entre esos libros, viendo cómo los mapas cartografiaban la ubicación exacta de esas comunidades presentes o antiguas.

Y eso lleva a mirar dentro de su sociedad, adentrarse en las marañas del mundo moderno, pero estudiando extrañezas, conflictos y pobreza, los pobres y su pobreza, lo que para Delgado (1999) se traduce en esa “tendencia a asignar a los antropólogos y de muchos antropólogos a asumirlas como propias” (Delgado 1999; 10).

El indígena que se reconoce —¿en la ciudad?— es el de eventos, como Expoartesanías, CREA, Ferias de las colonias, y en las instituciones como los museos etc, que de vez en cuando nos permiten ver tanta diversidad sin salir de la ciudad, el indígena es, el que “se conoce” como el brujo, el chamán o el embustero.

Al decir de Flórez (2000): “la cruzada antropológica por la “diversidad cultural” ha sido ganada porque era una batalla perdida de antemano. En la época consagrada a la imagen, relatividad y sobreinformación “posmoderna”, nada más fácil que venderle a la gente una idea de “diversidad” estereotipada, consumible y domesticada por la insípida escuela literaria del realismo hecha antropología. Gracias a las descripciones de los antropólogos y a tal cual visita del Museo del Oro, no ha de faltar la persona bien intencionada que al encontrarse a boca de jarro con alguien vestido de kogui diga: “¿El caballero es de la tribu de los kogui? ¡Que cosa más extraordinaria conocer a un descendiente directo de los tairona! ¿Me deja tomarle una foto?” (Flórez, 2000: 25).

Ese indígena sí es reconocido en la ciudad, pero no el otro, el que vive acá; o bueno, es reconocido cuando de mostrar la “diversidad de la ciudad” se trata, porque es que acá podemos vivir todos; pero cuando reclaman como un derecho cultural el poder trabajar en las calles ya no son tan buenos los indios y ya no es tan chévere la diversidad ni los derechos de libertad y mucho menos los culturales (a menos que favorezca a los voceadores de prensa y a los loteros, evidentemente no por ellos sino por los grupos económicos que hay detrás de ellos), porque qué se creen estos indios que hasta habrá que construir un Transmilenio en exclusividad para ellos, como en la posesión del exgobernador Víctor Chasoy expresó Antanas Mockus, porque ahí ya no hay tal diversidad.

Los ingas no son los indios que se traen cada año cuando el cronograma programado para cada actividad ferial así los dispone (cuando los indios son traídos- no los que viven acá), ni los de exhibir en stands de ferias internacionales ni en programas de televisión, a menos que se disfrace de indio para algún programa, como el de Jota Mario por las mañanas, y accede a que se burlen de él por eso “de ser un indio brujo”, o salga en portadas distorsionadas de libros muy vendidos.

Los ingas pasarían a ser los invasores del espacio público; sí, bonitos porque muestran que en la ciudad hay mucha diversidad, punto final, pero no cuando exponen sus problemas Bonito el indio ecólogo, pero no el que deambula por las calles del centro o de los barrios de las periferias o de feria en feria borracho, el que exige que no se le saque de la calle, el que carga a los hijos en las espaldas porque no tienen quién los cuide. Bonito el indio de la postal o de la película o el que carga la mochila, pero no el que sale por las calles a vender medicinas.

Por eso también a uno se le hace muy “loco” que reclamen como territorio algo así —como las calles—, pero es que no lo reclaman tanto como tierra trabajable sino como posibilidad de ser ellos, viajeros, comerciantes, sin ataduras, libres, aventureros. Puede ser que eso sea un invento antropológico o que no sea así, pero pienso que ya se interiorizó mucho y que eso hace que haya tanto choque, porque por más que tengan un local, siguen saliendo a la calle y a los barrios.

El estar en un local ha incrementado la brecha entre los ingas pobres y los ricos, no permiten que los niños vayan a los locales, se fragmentó la unión (es importante distinguir una tienda naturista atendida por blancos y otra indígena, atendida por ingas), no todos tienen la misma oportunidad económica; dejan -algunos no todos, en especial los jóvenes- de salir y juzgan a los que todavía están en la calle.

No es el ser vendedor ambulante lo que hace a un inga, tampoco lo es que lo que vendan sea esas mercancías, es decir, esas cremas, plantas, objetos para la suerte, remedios y curas, porque entonces todos los demás que no son indígenas inga y que venden esas mercancías también merecerían ser ingas. Pienso que la calle es un territorio y es de aprendizaje, porque es donde se refuerza con mucho más ahínco qué es ser indígena y qué no; es donde se aprende a subrayar lo que es indígena, para demostrar que se es indígena, y lo que no es de mostrar.

Sería como alguna de las funciones que tienen las vitrinas en los centros comerciales. Exhibir, sin por eso importar los hombres y las mujeres utilizan el sayo y se cuelgan collares para que se vean como indios. Collares de plumas o dientes de jaguares o cabezas de micos. Se exhibe para mostrar que se saben, porque ese conocimiento se ha adquirido por mérito propio. Pero también se oculta; se ocultan cosas de remedios de contras que sólo se saben entre ellos, no se comparte tampoco el idioma, por eso cuando algo se quiere ocultar se habla en inga, lo mismo que cuando algo se quiere exhibir se habla en inga, pero con otros fines. “los accesorios -—a forma de vestir, el acento, el tono de la piel, el tipo de ojos o labios, las creencias religiosas, los modales de cortesía o desagrado— se tornan esenciales para identificar a alguien como “diferente” (Flórez; 2000: 25); ya lo había mostrado Suárez Guava (2002) cómo los ingas aprovechan esto para utilizar la “brecha” en las ciudades.

Pero es en la calle, siendo vendedores ambulantes, donde prevalece lo que puede servir o no y es donde los niños y los jóvenes aprenden y refuerzan lo que vale, no solo para hacer su agosto o sacarle ventaja al cliente o al paciente, sino para apropiarse de lo suyo. No es la calle en el único lugar donde se aprende, en la casa también, pero es en la calle donde ese aprendizaje puede encontrar un nuevo crisol, porque es donde va a encontrarse con los otros.

Por esto la calle es un territorio para los inga y por eso es que choca con las políticas del espacio público, no porque sean de ahora, porque ya hemos visto que desde siempre ha habido una regulación de este espacio. Es porque el espacio público para la alcaldía es visto más como Delgado (1999: 200) lo plantea, es decir que, rebasa los límites de un territorio, mientras que para los ingas sí es un territorio, y no es simplemente un espacio, aunque saben que es de todos, y es eso fundamentalmente lo bueno: que no solo están ellos, pero es de ellos porque eso les permite ser.

O, en otras palabras, mientras para la alcaldía pueden existir territorialidades, modalidades de adueñarse de un territorio (de una esquina, de un barrio, de un parque) sólo existen en la medida en que son sobre un espacio, que no puede ser enajenado, porque violarían las características de un espacio es decir las de fluctuabilidad, cambio, permeabilidad, etc., mientras que para los ingas sí hay un territorio y es algo concreto porque está fundamentado en algo palpable, en algo concreto, porque les permite vivir.

Y ellos estarían más cercanos a esa percepción de territorio que a la propuesta por la alcaldía como un espacio: “esto nos conduce a otro aspecto, quizá el más característico de la relación entre las sociedades indias y su espacio: la manera como éste se concibe, como éste se piensa” ( Vasco 2002: 203).

Tampoco la alcaldía niega, entonces, las posibilidades de establecer territorios, sino que estos de una u otra forma son muy maleables y esto es palpable cuando plantean que reubicar es la solución y atienden, por lo general, a lo económico, lo ambiental, lo social, pero vuelven sinónimo de esto el trasladar, sin aceptar que el reubicar trastoca cosas. Por eso chocan los senderos de los ingas y de la alcaldía. Porque para los ingas la calle sí es un territorio de pertenencia, de poder —ser—, de aprendizaje, no excluye que haya peatones; es más, ya vimos que es indispensable, pero no lo ven como algo tan público, pero para ellos son tan visibles las diferencias que resaltan, aún más las propias , y no pretenden que haya una homogeneización. En cambio, para la alcaldía es un espacio que tampoco excluye los territorios, pero los territorios maleables, como deben ser las cosas en ese espacio, todos iguales. Situación que pudiera dilatar en el tiempo y en el espacio la competencia generada a partir de los territorios entre los indígenas y lo nacional, y como ya vimos que describe Vasco: “poder establecer con ese espacio las relaciones que lo configuran como territorio de una sociedad particular, permitiendo al mismo tiempo la continuidad de su existencia como sociedad específica”.

De todos modos, visto así, las políticas de espacio público serían como una especie de moda y no dejarían lugar para ver que realmente era necesario corregir problemas que presentaba la ciudad. Sin, embargo esa urgencia de crear una ciudad más habitable se operó en diversos planos, que pretendían tapar la realidad con propuestas de renovación urbana y cultural, como se tapa el sol con un dedo.

Si bien, se esgrimieron razones ambientales enfocadas, sobre todo, a la sostenibilidad de la ciudad; y económicas, que generaran una optimización de los beneficios producto de las reducciones de los gastos en, por ejemplo, sistemas de transportes que aliviaron desembolsos extra; políticas de garantizaran la gobernabilidad, que favorecieran la ejecución de proyectos, obras y programas sociales y culturales, fomentando la creación de una nueva cultura ciudadana, en la que todos estuviéramos del mismo lado, entre otros; se negó que los beneficios no varían las diferencias; o mejor, tras esas ilusiones de igualdad y de mejoramiento de la calidad de vida “de todos”, los espantajos de la realidad no se quedan como fantasmas o meras imaginaciones, sino que hacían de esos espacios lugares de conflicto.

Sin embargo, en esta cinta de Möebius, no hay un solo borde, ni una sola cara. Pero si se crea esta ilusión, pasar de un lado al otro sin tocar el limite, sin sentir el derrotero de las desigualdades. Y bastaría enumerar listados y listados de ellas y hacer hincapié en unas y otras y plantear soluciones, como en efecto se ha hecho y como seguramente se hará sin tomar en cuenta que el problema es más profundo.

Porque para los inga seguramente sus problemas no son que se los saque (sacar a afuera, insisto) o no de las calles y se los reubique en otro lugar, donde dejen de ser invasores, como efecto de la aplicación de unas políticas sobre el control y administración de la ciudad, especialmente cuando están enfocadas a regular la utilización del espacio público, ni que se desconozca que se es indígena aunque se viva en una ciudad, si no que actualmente, bajo esa ilusión, bajo esta imagen que desde la alcaldía se propone para representar a la ciudad, se enrede una vez más su posibilidad de ser, de tener un territorio que no podría ser sinónimo de libertad pero sí posibilidad de ésta. Porque en esta ilusión todos somos iguales así unos se acuesten con hambre y otros sin saber con qué sed bebe el otro.

No es otra cosa lo que he intentado mostrar en las páginas anteriores, que no sería más que un juego de espacios entre el texto y las vivencias mías y de otros, de ingas o no ingas, aunque sí en la gran mayoría vendedores que alguna vez fueron ambulantes pero que ahora ya no lo son. De centros comerciales, del norte y del sur, del adentro y el afuera, de arriba y de abajo de la calle y sus andenes y calzadas, o simplemente de la calle. De espacios que se van volviendo territorio, en donde hay luchas, pugnas, conflictos entre territorialidades por ser o estar. De tiempos lejanos que se volvieron para dominarse, reprimirse y contenerse o para serenarse.

¿Igual, qué sería de la tierra sin las personas y de éstas sin ella, pero se dirá que es muy ligero marcar así el espacio, o qué es la libertad si no hay un lugar para ser?

Me acogí en este proceso a una herramienta que, como ya dije, no es para nada nueva ni en la antropología ni en ninguna otra ciencia, pero que me iba a permitir no sólo ver con más claridad sino entender por qué es importante escuchar, hablar, discutir. Simplemente decidí recobrar las conversaciones, no sólo con los inga, también con mi familia, con amigos, con Vasco, quien siendo mi director de tesis, muchas veces me confrontaba con cosas que uno creía o pensaba; pienso también, a veces, de la manera como se desarrolló la clase de Taller de Técnicas, dirigida también por él, y que llevó al desenvolvimiento de este trabajo. Esculcarse uno no es muy fácil y mucho menos que a uno lo esculquen.

Pero también me divertí, y eso fue lo que más empujó este trabajo, hasta el punto que ya agotado el tiempo que yo tenía para entregar este, en las últimas veces que nos vimos, insistió que era ese precisamente uno de los problemas por los que no había acabado. Me había divertido mucho y, aunque eso no era malo, me llevaba a hacerle el quite a escribir.

Mas cuando escribir era como desgarrarse el alma poquito a poco, exprimir lo que uno lleva por dentro, más allá de un conocimiento que saque de los libros o de lo que ha aprendido, es empezar a confrontarse y a confrontar cosas de uno y después ser capaz de plasmarlas en un papel. Tener la fortaleza para escribir en un papel las cosas que uno sintió; no darle paso a la indiferencia de lo que para los otros son situaciones tan banales y comunes y para uno fueron gentiles.

A la par de una confrontación de espacios, se daban pugnas de vida, de vidas diferentes; ésa es la confrontación a la que me refería y que espero haya quedado plasmada. Para nosotros, los que no cargamos niños en las espaldas, para los que tenemos para las entradas del cine, para los que comemos bien, para los que somos muy “creídos” de lo que hacemos y de los que somos, para los que nos levantamos con la posibilidad de estudiar en donde “se debe estudiar”, para los que corremos de shopping en los centros comerciales para salir de las tristezas del amor y de la vida, para los que soñamos con viajar a París o a New York, para los que divagamos horas y horas sobre qué modelo de celular es el más play, para los que tomamos chicha y jugamos tejo por chocolocos, para los que somos chocolocos, para los que en las misas de los domingos con cara de arrepentimiento sacamos de los bolsillos de nuestra chaqueta de invierno, importada o traída por uno mismo desde el extranjero, monedas o, en el mejor de los casos, billetes que limpien conciencias y de una vez demuestren lo generosos que somos.

Para los que no cargamos libros en las espaldas, para los que no vamos a cine porque ni siquiera completamos la cuota para la noche en la pieza y todavía falta la comida de los niños, para los que desde pequeños nos las pasamos viajando, no a New York ni a París (aunque tal vez no queramos ir) sino al pueblo a cuidar de niños y puesto ajeno, o acompañando a los parientes porque hay que trabajar y aprender, para los que nos emborrachamos, queremos, vivimos y odiamos en las calles, para los que nos paramos de la silla ante una pregunta tonta de una muchachita, porque a veces no se puede contener más la rabia y hay que dejar la joda, para los que caminamos y caminamos a veces porque toca, para los que crecimos cerca o en la calle del Cartucho despertando cada mañana con el olor a muerto, para los que crecieron en piezas de hoteles, no de cinco estrellas sino de esos de viajero como el Paisano, el Navideño, para los que cuando no queremos que nos escuchen no hablamos en español. Para nosotros es esta cinta de Möebius.

La cinta de Möebius, ni se rompió ni se enredó, porque no existe o existe como ilusión, porque en la realidad esto no lo vi y bastantes cosas sí vi para descubrir que más que territorios imaginarios hay territorios vividos y que estos, más allá de crear igualdades, están en desigualdades, y que por más que abajo, en los andenes, los parques, las alamedas, las ciclorrutas, en el espacio público todos parezcamos iguales, el arriba lo marcan más cosas además de estar 2.600 y 6 pisos más cerca de las estrellas.


 
 
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