Estudie casi toda mi vida en un colegio de monjas. Pero no era en cualquier colegio de monjas, se suponía que era de los mejores colegios salesianos para niñas; que había en Bogotá o por lo menos era el mejor ubicado, ya que no quedaba en el centro, estaba en uno de esos barrios “bien”, encima de la circunvalar, sobre los cerros. Por lo general, todas las mañanas hacía un frío horrible y la gran mayoría de las niñas que estudiamos allá parecíamos osos polares, envueltas en bufandas, chaquetas, gorros, sin contar con la camisilla, la camisa, la jardinera, el chaleco y el saco que correspondían al uniforme de diario que era diferente al de educación física. Pues teníamos dos uniformes: el de la falda, que era para las ocasiones elegantes, y el otro, que era para hacer deporte.
A parte del frío y del suplicio de las clases de educación física, con pantaloneta así estuviera helando, casi todo se reducía a la religión; todas las clases terminaban siendo de religión pero con otro nombre, en espacial las de comportamiento y salud y las de filosofía; no solo estas clases eran dictadas por monjas, sino que los libros de guía de esas materias eran producidos en una librería especializada en abordar todos los temas desde la religión; además teníamos un horario superestricto de misas, pues todas las semanas debíamos ir a misa, al menos una vez, que por lo general se fue estableciendo para los jueves y, si había algún tipo de celebración, también debía ser con alguna misa, a las que había que sumarle las confesiones y los buenos días.
Según nos decían, y también siguiendo a mis recuerdos, fue Don Bosco quien se inventó eso de reunir a los muchachos de su internado por las tardes, para hacer una reunión en donde se compartían temas de la actualidad de esos tiempos, los problemas internos, se recordaban ciertas fechas especiales y se hablaban de muchas otras cosas. En nuestro colegio, esas reuniones se hacían por las mañanas, por eso eran los “buenos días” y solía ser la coordinadora o el coordinador quienes nos dieran las informaciones; generalmente las coordinadoras eran monjas y era costumbre que la mayoría de veces nos regañaran por muchas cosas: que cómo llevábamos el uniforme, que por qué no había un buen rendimiento en las notas, que las niñas de once tenían sobre sus hombros una gran responsabilidad porque de ellas dependía dejar en alto el nombre del colegio con las pruebas del ICFES.
Después de clases no podíamos salir a la calle con el uniforme del colegio puesto, pues había actitudes muy reprochables, como fumar, coquetear con muchachos o subir más de lo permitido y en tono descarado la altura de la falda, como lo hacían algunas compañeras que, según ellas, ya “habían sido identificadas”, y que hacían que las personas ajenas a la institución hablaran mal de la educación que nos daban en el colegio.
También ese era el espacio para recordarnos la vida de los santos; que ésta hizo eso, que éste lo otro, que por eso fue mártir, que dejo todo por el Señor, que tal niña era como ustedes y cambió su forma de ser para entregarse al Señor, que el sacrificio, que la oración, que la limosna, que tal mes es el de las misiones (entonces hagan sacrificios para los más necesitados), que tal otro era el de la virgen, que el mes de la familia, que el del ayuno, etc.
También los pildoritas administrativas se recordaban, sobre todo a las niñas que debían la pensión se les decía que era ya la hora de pagar porque, si no lo hacían, no podrían recoger sus notas o se tomarían otras medidas un poco más drásticas. Esa última actividad no era exclusiva de los “Buenos Días”, la monja encargada de las cuentas del colegio recorría los salones y con lista en mano sacaba a las niñas afuera “para decirles algo”, claro que de vez en cuando las hacía pasar al frente, sobre la tarima donde el profesor se paraba a dictar clase, y las hacía quedar mal.
Les decía que tenían que pagar porque el estudio allí no era tan caro y que eso era una responsabilidad de los padres. Era feo ser llamado por esas monjas, ellas se encargaban de que todo el mundo supiera que no se había cancelado la pensión, no bastaba con lucir los uniformes descoloridos.
Porque ésa era la otra. El uniforme tenía que estar impecable y preferiblemente todos los años había que tratar de estrenar, porque claro, me imagino que debía ser muy incómodo para las monjitas que en las formaciones que nos tocaba hacer en el patio no vieran el uniforme azul del uniforme, sino que observaran toda una variedad de azules, unos mareados, otros desteñidos, otros chillones, de pronto eso impedía que todas fuéramos iguales y que nos “educaran” más fácil. Esta situación, pienso, las desesperaba más cuando venía de visita al colegio una de esas monjas de afuera, que por lo general venía de Italia, y entonces las monjas, como tenían una despensa de uniformes por si algo pasaba, los prestaban muy comedidamente, a las alumnas que portaban los peores sacos o las peores jardineras, un saco o una jardinera mejor presentada, mientras duraba el momento de la formación.; esa despensa de uniformes era el mismo cuarto donde guardaban los disfraces y las banderas del colegio, que eran de la virgen y las de Colombia y otros países.
El caso era que siempre la formación era como la de un colegio militar; gastábamos horas enteras aprendiendo nuevas formaciones y órdenes que nos enseñaban, como si fueran los sonidos de guerra. Que no marche desgarbada, que se debe marchar elegante, que a la voz de uno se debe hacer tal formación, que no sea dejada, que la mano no va así, y mucho menos se nos permitía mirar al piso, porque siempre se debe mantener la mirada al frente y sin un mínimo esbozo de sonrisa. Reírse era lo peor, tanto como si lo encontraran a uno con la comida escondida entre las mangas del saco. Porque por lo general a uno, después de varias horas de estar parada le daba hambre, y entonces uno aprovechaba y se escondía entre las mangas del saco algo de comer y para que no se dieran cuenta de que uno estaba comiendo, se hacía el que tosía o estornudaba y, como uno llevaba un pañuelo, pues nadie se daba cuenta, claro que si lo descubrían lo llevaban a las gradas y lo regañaban.
Para ellas era más fácil mirar todo porque no estaban en el mismo nivel que nosotras, por lo general se hacían en una torre, la parte más alta del patio que lo dominaba y desde allí lo miraban todo o, bueno, eso era lo que ellas creían. Igual, allá desde arriba, ellas creían que todo lo podían manejar; estaban ubicadas de manera excepcional para mirarlo todo; además, de vez en cuando disponían para que algunos profesores se colocaran en los límites de la formación para que nos controlaran más fácil.
Pero igual no faltaba la que comía sin dejarse ver o la que a pesar de las advertencias de la monja de comportamiento y salud, que nos aconsejaba no hablar con ningún muchacho y tratar de alejarnos de esas casas (no se le decía por el nombre a los moteles) que enfrente tuvieran matas porque eran casas malas, se graduara embarazada, sin que las monjas supieran para que no las pudieran echar ya estando en once y con todos los preparativos para el grado.
De ese colegio, del que estaba en la loma arriba de la circunvalar, era muy difícil escaparse; si uno no quería ir a clase algún día, tocaba quedarse del bus (porque tenía rutas que lo llevaban del colegio a la casa o viceversa) y llenar la maleta con la ropa que uno se iba a poner en lugar de los libros y cambiarse en otro lugar donde no fuera a ser descubierta, por ejemplo en los centros comerciales, en donde hay baños públicos, o en la casa de una amiga o un amigo, donde los papás no estuvieran porque salían temprano a trabajar; claro que eso era medio complicado porque eran muy pocas las mamas que se dedicaban a trabajar fuera de la casa, porque en ese entonces estaban dedicadas al hogar.
Como todo colegio de monjas que se respete, tenía sus historias de miedo, cuya intensidad variaba según la edad, pues mientras uno más crecía, el contenido y el tono de las historias iban cambiando. Por ejemplo, en primaria, el cuento más tenaz era el de la monja sin cabeza, quien rondaba todas las noches por los pasillos del colegio y quien todo el día se escondía en la montaña que quedaba detrás; después era el cuento de que el colegio estaba construido sobre los restos de un antiguo cementerio, que bien podía ser indígena o de las monjas de hace mucho tiempo. Igualmente, las historias de asesinatos, suicidios, de alumnas o monjas que se habían enloquecido y que las encerraban en los sótanos o en los pisos más altos. Cuando uno ya crecía, decían que tal monja era amante de tal conductor o que eran lesbianas, que tenían cuento con los profesores del colegio, etc.
Esas ideas eran alimentadas por las prohibiciones que teníamos de entrar a ciertos lugares, puertas que uno no podía abrir, corredores por los que uno no podía pasar, rejas con candados, dobles rejas; por ejemplo, la montaña era un lugar prohibido, a menos que estuviéramos acompañadas de algún profesor y que allí fuéramos a realizar una actividad programada dentro de la clase y, claro, no sé si por ser esos lugares vedados, la fantasía empezaba a jugar, o si era real, el caso es que de allí salían ruidos, luces, olores extraños y, por supuesto, uno prefería nunca pasar sola.
Unos de esos sitios prohibidos eran la cocina y el comedor de las monjas; nadie podía entrar allá sin el permiso de una monja, a menos que uno fuera un invitado. Cuando uno era familiar de alguna monja y si ésta dentro de la jerarquía ocupaba un rango alto, era mejor y se podía acceder a ciertos lugares. Sobre mí recaía una larga tradición familiar que tenía estrecho vínculos con las monjas, no sólo por ser familiar de algunas de ellas, sino porque además mi mamá había sido alumna de las monjas que en mi tiempo eran mis profesoras. Esto traía sus desventajas y sus ventajas, como entrar a ciertos lugares prohibidos, como la cocina.
Nunca supe si el colegio fue edificado sobre algún tipo de cementerio o si allí hubieran asesinado a alguien, o si la monja sin cabeza se paseaba por sus corredores, lo que sí era cierto es que las monjas comían muy bien. En sus despensas y sobre sus mesas siempre había cantidades de frutas sin un solo golpe, sin una sola mancha, todas de colores muy bonitos, siempre brillantes. Panes, mermeladas, carnes, pastas, verduras de las mejores, etc. Además, cuando ponían las mesas, éstas estaban ordenadas con juegos de cuchillos, cucharas y tenedores de distintos tamaños, cada uno con una función.
Que el tenedor pequeño sirve para una cosa y el cuchillo grande para otra; el contacto con la comida siempre debía ser por medio de esos instrumentos; casi no se permitía tocarla con las manos, hasta se comían la naranja con cuchillo y tenedor. Como en mi casa desde hacía ya mucho tiempo la batalla de con qué utensilio se come, lo había ganado la cuchara, comer en ese comedor no era muy agradable.
Esas monjas tan pulcras eran las que después irían a buscar a las niñas que debían los meses de pensión, que nos decían que en el mundo había gente que no tenía que comer y que rezáramos para que nadie tuviera hambre, que diéramos limosna en octubre el mes de las misiones; y verlas comiendo tan preocupadas por partir bien la naranja con el cuchillo y no dejarse untar por su jugo, para que después no quedaran oliendo a nada desagradable. Tal vez por eso era un lugar prohibido; de pronto nos dábamos cuenta de lo mundanas que eran y de lo bien que comían.
Creo que las monjas, como la miraban a uno desde arriba (como cuando se subían a la torre para ver la pulcritud de las formaciones), también se creían con el derecho de metérsele a uno en la vida; que no se saliera con tal muchacho, que si está gorda hay que hacer dieta, que vieron a “fulanita” en una cercanía dudosa con alguien. Cuando tocaba escoger la universidad, también se “preocupaban mucho por uno, desinteresadamente”, le ayudaban a uno a escoger la profesión, nuestra decisión de todos modos sería tamizada por los test que hacía la orientadora del colegio y por las constantes persuasiones a que descubriéramos nuestra vocación de monjas. Si uno no sentía que tenía vocación el camino a seguir era único; estudiar una útil y rentable carrera (ojalá algo con computación, porque eso da mucha plata), y casarse y tener muchos hijos y seguirlos guiando por el buen camino, como ellas lo habían hecho, para que no se perdiera en saco roto lo que ellas con tanto esmero nos habían enseñado. De todos modos no era bueno quedarse en la casa sin hacer nada, aunque era preferible que pasársela “callejeando” porque en la calle sólo se aprenden cosas malas y, como éramos tan niñas de casa, quien sabe qué cantidad de cosas malas podíamos aprender.
Imagínese que entre las múltiples indicaciones que nos dieron en los últimos meses que estuvimos en el colegio, nos alertaban sobre los peligros de salir de allí y estar fuera. Es que la ciudad es grande y peligrosa, muchas niñas de las que se graduaron conmigo muy poco sabían coger buses, pues siempre las recogían o el bus del colegio se limitaba a recogerlas y llevarlas de su casa al colegio. Ahora, miro desde la terraza desde mi casa; como no tengo el reloj puesto en la muñeca de mi brazo izquierdo, no podría decir exactamente qué hora es, supongo deben ser más de las 3 y (o casi las 4 o un poco más; a esas horas de las tardes el tráfico de las calles de este barrio se ve trastocado por la parición de los buses escolares, que traen de los colegios, —por lo general campestres—, a los muchachos y muchachas estudiantes de colegios mixtos, por lo general bilingües, ojalá con énfasis en informática, porque el que ahora no sepa inglés no sabe nada y si no sabe de computación, menos).
A pesar de que yo me quería salir, me dejé convencer con el cuento de que ya me faltaba muy poco para graduarme y que allí estaban mis amigas.
.FIN DE LA NOSTALGIA¿?
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