Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
LOS CAMINANTES DEL ARCOIRIS > DE LAS NOSTALGIAS QUE SE REVIVEN CUANDO UNO CONVERSA CON LA GENTE, O CUANDO LO QUE UNO CONVERSA CON LA GENTE HACE QUE UNO CONVERSE CON UNO MISMO > Segunda parte

Nací en Bogotá. Mis padres no, ellos nacieron en un pueblo y vivían en la misma vereda y años después, cuando ya no eran niños, se vinieron a vivir acá, a la ciudad, en casa de unos parientes, para el caso de mi mamá, o a buscar trabajo, como mi papá. Mi mamá estudió y a los tres meses de graduarse del colegio, conoció a mi papá, gracias a que un tío de ella trabajaba con él. Mi mamá prefiere decir que fue gracias al ojo de su abuelita, o, como ella le dice, Mamá Tina. Mamá Tina (algo muy común en las personas que vienen de la misma vereda de mi mamá, no sé si sea extensivo a otros lugares cercanos, es el uso de mamá y papá para referirse a los abuelos o persona mayores muy cercanas, como los tíos; sin embargo, es una costumbre que aun es posible observar en la gente de la misma vereda que no se ha venido a vivir para Bogotá, pero que cambia totalmente con descendientes de los que años atrás migraron y viven en Bogota; los hijos de estos y los nietos ya no utilizan —no utilizamos— mamá o papá para designar a los abuelitos, sino la palabra abuelito, mientras que los mayores siguen diciendo mamá tal o papá tal, refiriéndose a sus mayores ,y del mismo modo se expresan para sus consuegros) le dijo a mi mamá que mirara a ese muchacho, que ya para la edad que tenía mi papá, trece años mayor que ella, ya no debería ser tan muchacho.

A los siete meses se casaron y mi papá decidió comprar una casa en un barrio cercano a donde vivía la familia de mi mamá, antes de ella casarse con él. En esa casa también iban a vivir los padres de él, mis abuelos por parte de papá que se había quedado viviendo en Mercadillo, la vereda, donde no sólo habían nacido mis papás sino sus familias. Cuando la casa estuvo lista y mis abuelitos se iban a venir a vivir a Bogotá, a mi abuelita le dio un infarto y se murió. Fue un ataque igual de repentino como el que le dio a una de las hermanas de mi papá en una de las calles de Cáqueza, el pueblo al que iban muy bien arreglados con sus mejores trajes a la misa dominical.

Eso fue hace ya mucho tiempo, situaciones que casi nunca se hablan en la casa, bueno o que se hablan cuando alguien más en la familia se muere y entonces se empiezan a recordar a los otros muertos y, claro está, cómo murieron, relato que siempre corre por cuenta de mi mamá, quien siente una extraña afición por relatar los hechos de este tipo. Siempre le gusta contar con detalles cómo se mueren las personas o qué enfermedades sufren; en varias oportunidades se entera de todos los detalles científicos concernientes a la enfermedad para contar detalles aún más exactos y precisos y ofrecer toda la gama de posibilidades que hubieran podido darse en cualquiera de esos sucesos.

A Irene, mi abuelita, no la conocí en persona; su historia sólo la escucho por parte de mi mamá; a mi papá no le gusta hablar de ella, bueno, en realidad él nunca ha sido una persona que hable mucho de sus sentimientos, pocas veces lo he visto llorar, tal vez las únicas que recuerdo se dieron en los grados de mis otras dos hermanas y cuando Jenny, la más consentida por él, se fue a vivir a otro país, y vi como se le aguaron los ojos mientras la abrazaba y le decía que no llorara más, que estuviera tranquila, que todo acá iba a estar bien, que ella tenía que hacer lo que quería y que en lo que necesitara él siempre la iba a poyar. Mi hermana también lloraba mucho, pero en ella no es raro; lo que más le dolía era dejarlo, según ella muy solito. Pero creo que me estoy desviando de esta historia.

A Irene, o Mamá Irene, como dice mi mamá, sólo la distingo por las fotos, en especial una que mi papá mandó retocar porque ya era una foto muy vieja. A veces, cuando miro la foto, me imagino lo que mi mama dice de ella, creo que eso se le nota en los ojos; son unos ojos muy grandes y muy serios, con una expresión sumamente fuerte que complementa con una línea recta de sus labios; no hay un esbozo mínimo de sonrisa. Dicen que era una mujer muy malgeniada, pretexto utilizado por mi mamá para decir que por eso uno debe estar de buen genio y no ponerse a pelear con nadie, ya que ella asegura que las personas de malgenio están más propensas a sufrir de ataques, no solo del corazón sino derrames que si bien pueden llevarlo a la muerte, pueden también dejarlo inválido, situación que mi mamá considera la peor, porque dice que entonces uno se volvería como un estorbo, y empieza otra vez a contar toda la serie de accidentes y sucesos del mismo estilo.

Esa foto estuvo siempre colgada en la misma puntilla, clavada sobre la pared pintada de azul cielo, esmaltado-brillante, de la sala-comedor de la casa que quedaba ubicada en el mismo barrio donde mis padres, abuelo y hermanas vivieron muchos años y yo sólo unos pocos. Colgada siempre arriba, a la izquierda de la mesita del teléfono, justo al lado del mueble café, empotrado en las mismas paredes y donde se ponían toda suerte de objetos decorativos; con el alivio para mis papás de que este mueble estaba a una altura considerable que impedía que nuestras manos dañaron los objetos.

Como ese barrio quedaba tan cerca del centro, era muy fácil irse caminando hasta allí. Yo, como fui la más consentida por mi abuelito bellito —mi abuelito paterno—, siempre lo acompañaba al centro cuando no estaba estudiando, a un local donde tenía una cigarrería cerca de la calle del Cartucho. Cogida de su mano, que se resguardaba del frío con las puntas de la ruana que siempre llevaba junto con su sombrero, caminábamos por esas calles, de ida con los bolsillos desocupados, que más tarde, de regreso, se llenaban de dulces que él me compraba en la caseta que quedaba justo al lado de la entrada de su almacén. La señora medio mona, gorda, de piel blanca y con los cachetes rojos, sentada a un lado de su caseta-kiosco metálica de líneas rojas con amarillo, vendía en tan reducido espacio todos los dulces que una niña podía querer. De vuelta al barrio, pasar por las tiendas de los amigos que uno hacían con la fuerza de la costumbre de comprar allí la leche, el pan y los huevos del desayuno y los fines de semana los helados.

Después, cuando me cambié de barrio, las tiendas fueron reemplazados por los supermercados, donde ni siquiera la fuerza de la costumbre de ir al mismo lugar a comprar permite que uno se conozca con el cajero o la cajera, allí tampoco cierran la cuadra en los diciembres para que todo el barrio celebre la novena o se realicen concursos y la gente se emborrache hasta el amanecer. Los días de brujas, lo niños ya no salen a las calles, porque en los conjuntos cerrados hay fiestas “privadas” y además en Unicentro se “quemaba a la bruja”.


 
 
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Bogotá - Colombia