Mientras yo asentía con la cabeza, simulando estar de acuerdo con sus comentarios, recordaba los fallidos intentos de tratar de “explicar algo” de lo que yo “creía” eran “los indígenas que viven en una ciudad”. No en vano incontables veces sucumbí ante el deseo de mostrar cuán erradas estaban algunas de las ideas que teníamos acerca de los indígenas (debe ser que me he vuelto muy “creída”).
Después de un cuarto de hora de escuchar unos maravillosos relatos (de un viaje de hace ya algunos años en cercanías al Caquetá) de aquel señor (no puedo negar que tenía una facilidad sorprendente para contar sus historias), en el cual insistió tres veces, acentuando su voz ya un poco alegrona por los tragos que había tomado (de Whisky, no de cerveza ni de chicha), y subrayando en el aire con su dedo índice como si este fuera una batuta que marcara el tono descendente o ascendente de sus palabras, me dijo “debes ir allá, a la selva; lo malo es que ya hasta usan zapatos. Pero no te preocupes, si estás de buenas todavía es posible que veas alguno de esos bailes rituales con los que le dan la bienvenida a los que, como yo, fuimos a verlos de paseo”.
Más tarde, revisando los textos escolares con los que yo aprendí en el colegio, recordé cuál era la “imagen” que yo había conocido del indio, lejano, con plumas en la cabeza, sin zapatos y con la cara pintada. Además, siempre estaban en la selva o en el desierto o en otro lugar que fuera “natural”. Me acordaba también de los arreglos para los disfraces que mi mamá hizo en alguna ocasión en la cual yo tenía una representación en el colegio y debía disfrazarme de india, (fue constante, hasta el día de la obra, la preocupación por mi disfraz y cómo luciría menos o más india utilizando o no zapatos o alpargatas). El indio en la ciudad era el que circulaba de mano en mano en los billetes de diez mil. Sin embargo, esa misma imágenes son compartidas por los ingas, indígenas en la ciudad.
Una de esas tardes, cuando después de las reuniones del cabildo, que en ese entonces eran los jueves por las mañanas, como se volvió costumbre por un tiempo, fui a tomar cerveza con Víctor y Luis al segundo piso del almorzadero que queda cuadra y media arriba del Caravana, subiendo (¿o bajando?) por la misma calle. Por las escaleras empinadas desde las cuales se divisa la cocina, una que otra mesa donde comía una que otra persona, la caja y las vitrinas que exhiben las arepas de maíz pelao, los quesos y las cuajadas, los masatos, los bocadillos y los dulces, subíamos a sentarnos en la mesa de casi siempre que quedaba al frente de la ventana-balcón sin baranda, desde la cual, a pesar de la inseguridad por la ausencia de la reja, la panorámica de la calle era envidiable.
El payaso pregonero de los suculentos almuerzos con gallina, el niño que dormía sobre la acera abrazado a la bolsa pegoteada por los restos de bóxer, resguardado por un perro fiel —ojos tristes—, peatones preocupados agarrando con sus sudorosas manos las bolsas de las recién hechas compras en San Victorino o terciándose para adelante la maleta, los loteros tratando de pescar al desprevenido con el truco del billete de lotería que se cae sin querer —queriendo— al suelo, y uno que otro inga que pasaba por allí gracias a la cercanía del Caravana, con la décima, con el local, con el acostumbrado lugar de los almuerzos, con el barrio, la casa, los hoteles o los inquilinatos.
En esas tardes entre cerveza y cerveza, Víctor me mostró las fotos que guarda en su billetera, seguida a la presentación de la frustración de los amores ya idos o los nunca consumados, se detuvo en dos fotos de su papá. Me dijo que en una estaba disfrazado de “indio” y en la otra no. Me acerqué a verlas, después de tomar un sorbo de la cerveza que nunca escaseaba en la mesa, y el disfraz era el mismo de los recuerdos de mi infancia, de los recuerdos de los relatos del tío viajero, de las indagaciones de los asistentes a las conferencias que se dictaban en la Universidad Nacional por parte de la “comunidad indígena inga que vive en Bogotá”, era un disfraz hecho con objetos: plumas, sayos, collares, chumbes.
Tal vez la diferencia entre ese indio disfrazado de la pose de la foto y el de la presencia viva en los talleres ya comentados (los de la Universidad, no los del Centro Comunitario Lourdes), era que a la foto no podía preguntarle qué tan indio era, pues la ausencia de su presencia física y palpable no permitía realizar las preguntas de los ya citados talleres, las preguntas por el allá -su resguardo-, sus mitos, su religión, sus costumbres, y hasta llegar a exigirle pruebas de su indianidad, como por ejemplo hacer que les mostrara un chumbe —que las mujeres deben por lo menos cargar, aunque no se lo pongan— y hacer que contara la historia que relataba éste y que se suponía debía poder saber leer, a pesar de la mirada atónita y la voz entrecortada de la víctima de tal interrogatorio, una mujer inga de ya más de sesenta años. En varias ocasiones, sin embargo, ellos también sabían la efectividad del disfraz y por eso seguramente cargaban los chumbes o portaban los sayos. Sin embargo, era aún molesto que se siguiera pensando que andarán con flechas, sin zapatos, o que eran brutos.
En esas cápsulas que son los buses, transitaba por la Cinta de Möebius, salía del centro comercial Caravana para ir al otro lado de la ciudad, al norte, al centro comercial que quedaba cerca de casa, Unicentro. No sin antes pegarme como un perro (como esos que sacan en los carros, no el hot dog de los vendedores ambulantes, sino los que sacan a pasear) a las ventanas del bus, tratando por un momento de aspirar todo el recorrido por la ciudad. A pesar de que los puestos de estas cápsulas no están diseñados para pegarse como un perro a las ventanas, so pena de la mala mirada de juzgamiento de loco lanzada por el efímero compañero del puesto del lado.
Vivir en un barrio cuya vida gira alrededor de un centro comercial como Unicentro, no es lo mismo que vivir cerca de las calles del otro centro comercial, el Caravana. Aquí, desde donde les escribo, desde este apartamento en donde hay un estudio en donde esta ubicado el computador, su monitor, su teclado, a través del cual mis dedos digitan las palabras de los recuerdos, muchos de los cuales logré captar por los sentidos, lejos del centro que he tratado de escribir, cuyo contorno se me desdibuja por lo lejano, a pesar de estar seis piso más cerca de las estrellas.
Los bloques rectangulares, cuya forma predomina en la construcción de las moles de concreto que poco a poco me fueron quitando la amplitud de la zona que desde las terrazas de mi casa podía apreciar —ya ni La Calera la puedo ver—, sólo distingo a lo lejos y con ayuda de mis gafas cuatro centro comerciales más, pero, insisto, no puedo ver más que un manchón, que en las noches adquiere luces de cabaret del centro.
Retomo la idea anterior. Aquí, desde donde escribo, no hay payasos con megáfonos que griten el menú del día pero está Ronald Mc Donald con su carita pintada de blanco, resaltando su gran sonrisota roja, repartiendo bombas infladas con Helio que insistentemente piden los niños con sus vestidos impecables importados o comprados en almacenes de “marca” (que seguramente compraron en el mismo Unicentro).
Aunque sería un descaro afirmar que siempre es así, porque este centro comercial es para todo el mundo sin importar que tan bien o mal vestido esté (Unicentro tiene sus días entre los días, los domingos, por lo general el día familiar, —ahora aún más desde la implementación de las misas al interior de la entrada principal, a los doce— no hay únicamente niños vestidos con ropas de marca, porque van más familias desde otros puntos de la ciudad; además, el domingo generalmente es el día de descanso de las empleadas de casa quienes usualmente ese día se quitan el uniforme que deben llevar por petición de las buenas costumbres y la presentación de la casa donde trabajan y salen a dar una vuelta por el “centro”).
Vitrinas exhibiendo ponqués, helados y hamburguesas ligth, niños recostados —con ojos de perros tristes— contra las vitrinas, agarrando con ansiedad la mano de su acompañante —que los resguardan para impedir que algo malo les pase— tratando de conseguir que les compren lo que el modelo de la pancarta está exhibiendo —los tenis de Shakira, las gafas de Batistuta, la ropa de Sofía Vergara—, o lo que los esbeltos, flacos o casi anoréxicos maniquíes lucen sobre su fríos, insensibles y firmes cuerpos de madera, metal o plástico.
Infinidad de ¿”mundos posibles”?, cuyo acceso sólo está restringido por lo abultado de su billetera o el limitado cupo de su tarjeta de crédito. Los patines, patinetas y bicicletas están restringidas desde las rejas del centro para adentro. Los perros o cualquier otra mascota, o los deleites del gusto como los helados o los postres, están prohibidos en uno que otro local. (Me acuerdo de Caravana, el ingreso de los niños para los que tienen local esta permitido siempre y cuando no salgan por los pasillos, es decir se queden en el local, donde a duras penas cabe una persona y donde es obvio que un niño no se va a estar)
Juego de luces sobre las vitrinas, juego de luces sobre los pasillos, pocas ventanas que den al exterior (de todos modos no es para allá —a la ciudad— para donde debe mirarse, sino al interior —de su billetera, de la vitrina de su placer—. Me volví a recordar del Caravana. Allí se reubican lo que están afuera para adentro, se sacan de afuera del afuera —de las calles—, el de afuera para adentro: la ciudad que no permite hacer la ciudad. Así todos vivamos en la ciudad, no todos somos sus “ciudadanos”). Ambiente controlado, suspensión del tiempo y del espacio, libertad de andar por allí -por los pasillos- sin preocuparse por terciarse el bolso, sin tener que correr por la lluvia o resguardarse bajo un trapo doblado cuidadosamente, aunque en aparente desparpajo, sobre los cabellos, procurando no quemar las mejillas enflaquecidas por las dietas —mi mamá asegura que es lo primero que se le consume en la fisonomía a una persona que esté enferma o en dieta la cara; los cachetes—, la cirugía estética o bronceado sutilmente pero de manera provocadora por las cámaras bronceadoras de un spa, un gym o un centro de belleza integral, o resultado del último viaje a paradisíacas playas de exóticos lugares, que sí son de verdad, no como los que nos quieren hacer aparentar en los “centros” y a donde no vamos a trabajar sino a descansar. Porque uno viajar por placer, no por trabajar.
Sin embargo, a pesar de que Unicentro marque gran parte de la vida de las personas que vivimos cerca de él, incluso el desarrollo de mí mismo barrio, debo aclarar que de rejas para afuera —o para adentro— hay más rejas; sin lugar a dudas, los conjuntos cerrados constituyen esos otros grandes espacios en los que se desarrolla la vida barrial.
Las rejas aparecen indistintamente encerrando conjuntos de bloques de edificios o casas y las zonas verdes donde juegan y se divierten los niños y las mascotas que viven allí, claro, cuando no están paseando de la mano de las niñeras, quienes invariablemente se encuentran bien vestidas con el uniforme comprado por la Señora en el super, que engalana desde las salas y cocinas de sus hogares hasta las calles de este barrio, con callejones creados por las rejas de los conjuntos.
Estas rejas crean altos muros divisorios entre casa y casa y bordean las calles cuyas aceras poseen deliciosos y suculentos prados para el descanso de las personas y el apetito de unas vacas, propiedad de una señora que tiene un lote cerca de Unicentro y que pasea sus vacas, cambiándolas entre potrero y potrero, atravesando las calles y dejando en el ambiente el olor de las vacas y en las cabezas el sonido de sus bramidos, que no se parecen en nada al de las vacas de una empresa que reparte la leche en este sector de la ciudad, cuyo pito es un bramido inventado, no “natural”, vacas que compiten en su lento recorrido con los “caballitos de acero” de los muchachos que reparten a domicilio desde pastillas hasta los ingredientes del almuerzo, cuando los motociclistas no han llegado con el pedido de comida extrarrápida de diferentes lugares del mundo, calles salpicadas de cuando en cuando por casetas blancas donde cabe perfectamente de pie, escasamente cómoda-sentada una persona que, vestida de uniforme de café o negro, cuida de las entradas y la seguridad de las calles y casas, a pesar de que esas reducidas y estrechas cajas-caseta invadan el espacio público.
Del caravana a Unicentro hay mucho trecho, es cierto, sin embargo, pareciera que el principio es el mismo. Permitir crear espacios controlados (por ejemplo controlar el “ambiente”), pero ante todo crear una imagen de ciudad. De un lado, - reubicar, trasladar, la invasión del espacio publico. Del otro lado, —aislar, proteger, permitir— vivir todo en un solo lugar.
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