Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
LOS CAMINANTES DEL ARCOIRIS > Acerca de las concepciones del afuera, de la calle

Para Muchavisoy (1999) la inexistencia de un lugar adecuado para realizar la venta ambulante, la utilización del espacio público, el acoso de las autoridades policiales y la inseguridad de las calles, son algunas de las dificultades que han persistido desde la década de los sesentas hasta ahora para las familias ingas que viven en Bogotá.

Sin embargo, destaca que es en la misma calle en donde, a pesar de los altos índices de inseguridad de algunos sectores (San Victorino, Carrera Décima),los niños aprenden desde muy temprana edad las actividades que realizan sus padres: en el trabajo, en los lugares donde viajan mientras venden, preparan, formulan y comercializan con los productos medicinales, pero también donde se aprenden “cosas malas” o “malas mañas”, como tomar alcohol, aprender vicios y adquirir “malos comportamientos”, que son inducidos por las malas compañias, o los niños presentan problemas de salud por la contaminación.

Las cosas malas o las malas mañas que se aprenden, se refieren a la adquisición de nuevos hábitos que transforman el pensamiento indígena y crean rupturas socio-culturales. La pérdida de respeto hacía sí mismo, el desmembramiento familiar, la falta de atención a los hijos o el maltrato hacia la pareja (sin diferenciar hombres o mujeres) y la desarticulación de la transmisión de los valores culturales (Muchavisoy, 1999).

Como causa común a todas las situaciones descritas anteriormente, el alcoholismo aparece como indicador común de todas las malas mañas que aprenden los ingas en Bogotá. Majin (1999) en su estudio sobre el consumo de bebidas alcohólicas y la incidencia de factores culturales y sociales5 en las ingas que viven en Bogotá, destaca que la venta ambulante es uno de los factores que desarticulan los mecanismos propios de transmisión cultural. El consumo excesivo de bebidas embriagantes encuentra como una chispa detonante la venta callejera, que impide que los padres atiendan “como se debe” a los hijos; esta falta de control lleva a que varios niños recurran a vivir la “vida callejera”, asimilando de este modo hábitos culturales contrarios a su identidad cultural.

Sin embargo, los ingas no son los únicos indígenas que presentan problemas de alcoholismo y no es posible reducir la causa del incremento del consumo de alcohol únicamente al tipo de actividad económica que realizan, más aún cuando los mismos ingas destacan como “algo normal” el consumo del alcohol, como una costumbre, pero resaltan que en los últimos años, y sobre todo por los problemas de reubicación en los centros comerciales, ha habido un aumento en el consumo del alcohol.

La falta de igualdades entre los locales que fueron objeto de los programas de reubicación, incidieron para facilitar la creación de rupturas entre los ingas. Algunos de ellos fueron reubicados en los locales del centro comercial Caravana por medio del Fondo de Ventas Populares; el sorteo de los locales, aunque le imprimió un factor de “suerte” a la asignación de los puestos, no dejó de crear resquemores entre los ingas, no solo por ayudar a ahondar las divisiones que se venían presentando entre las familias6 y ayudar a que creciera la brecha entre ellas.7 Sin embargo, el sorteo y reubicación de los vendedores ambulantes no ha sido la única causa para el ahondamiento de las brechas; un ejemplo de esto son las transformaciones en las funciones y los acercamientos de los ingas al cabildo.

Después de las pugnas entre la administración de la ciudad y los ingas para que en Bogotá pudiera constituirse un cabildo sin la existencia de territorio y el posterior reconocimiento por parte de la alcaldía, hacía el año 2000 la casa donde funcionaban el cabildo y la escuela bilingüe se derrumbó. Así, la pérdida de la parte física de la casa ha ayudado a erosionar la unidad que habían logrado los ingas de Bogotá, quienes habían considerado como un triunfo la consolidación de la casa-cabildo.

Paulatinamente, la casa-cabildo, se ha ido transformando más en un ente administrativo, a donde suelen ir las mismas personas, que por lo general representan la “élite” de los ingas y que son quienes tiene mayor estabilidad económica, social y mayor representación política. Este paso de la casa-cabildo a un cabildo-administrativo, no niega que antes también fuera un ente administrativo, pero resalta que alrededor de este cambio, antes de los daños que afectaron a la casa, ésta era considerada como un espacio para algo más que resolver casos jurídicos o para entablar demandas ante los miembros del gobierno de turno.

A mi modo de ver, la pérdida de la casa amplió las diferencias y las brechas y evidenció qué familias son más partícipes del reconocimiento y del poder que se detenta a través del cabildo; y al no lograr recuperar la casa (es decir, volver a construirla), se habrá perdido mucho en el proceso de constitución de los ingas en Bogotá. Sin embargo, no todos los ingas siguen este planteamiento y proponen que no sólo la casa no es necesaria para la comunidad, sino que el problema de las ventas ambulantes debe enfocarse desde otro punto de vista.

Estas razones fueron esgrimidas por Gabriel Muyuy en un reunión celebrada en 2002 para realizar el plan de vida de la comunidad inga de Bogotá. Esta reunión hacía parte de un conjunto más grande de reuniones, en donde se planteaban las situaciones que vivían los ingas en varias ciudades. Después de una exposición de las características del nuevo orden mundial y partiendo de la explicación de los hechos mundiales para remitirse a las condiciones locales, pero insistiendo que la vieja división entre lo local y lo global había que dejarla de lado, porque los nuevos parámetros globalizantes del mundo borraban las fronteras, haciéndolas más permeables y fluctuantes, y que por lo tanto era imposible restringir los problemas mundiales a una región específica, Muyuy resaltó que el problema de los vendedores ambulantes ingas era la falta de estrategias que posibilitaran la competitividad con los mercados extranjeros y también con los mercados nacionales de artesanías.

Es decir, que el problema de los ingas no es que los saquen de las calles ni que los reubiquen, porque de todos modos es imposible jugar con lo que ya esta establecido en las leyes, sino que la dificultad es que los productos no atraen al consumidor, es decir no son atractivos para las nuevas demandas del mercado. Innovar en las etiquetas, los empaques, regular los costos para que las artesanías adquieran un valor que las haga competitivas con otras artesanías de diferentes partes del mundo.

Volviendo al tema de la reubicación, ésta empezó a generar disputas entre los ingas, entre los que accedían a unos mejores locales y los que accedían a otros en donde los resultados de las ventas jamás se vieron. Aunque no todos los ingas fueron reubicados, muchos lo fueron en el centro comercial Caravana, justo frente de la entrada de la calle doce de la iglesia San Judas Tadeo.

Desde las afueras del centro comercial se percibe el olor a los remedios que allí se venden, extractos de plantas, minerales, animales que a veces se mezclan para convertirse en riegos y curas contra las enfermedades; las esencias, junto a las velas de diferentes tamaños, formas y colores, cada una destinada a una función diferente; las imágenes de los santos, en lámina o en bulto, las cremas y las lociones, las piedras, las limaduras de minerales, las cajas de productos que muestran la efectividad de los mismos, el quitacallos, las coronas de plumas, los collares, las cremas, las semillas, los restos de animales disecados, etc.

Los olores se combinan con los buñuelos y los amasijos que se fríen a la entrada, y los tintos, aguas aromáticas y jugos que se venden en el resto de las cafeterías, que ya más hacia la mitad y hacia el fondo, mezclan sus aromas con un olor de remedios y contras más fuerte y penetrante, y más difuso del que se percibe en la entrada.

Hileras de pasillos que de frente en frente van dividiendo locales y en toda la mitad del centro, las escaleras dobles que suben y bajan a los otros pisos, en donde también las hileras de los locales escapan poco a la monotonía de las puertas-rejas cerradas y pintadas de colores neutros, verdes, grises, cafés y negros pacientes a la espera de alguna vez lograr estar abiertos y dejar de ser utilizados como simples bodegas.

El restaurante que funciona en el piso de arriba también desprende aromas que no alcanzan a invadir todo el lugar. Letreros a medio hacer, o los ya hechos pero corroídos por el paso del tiempo y la escasez del uso, demuestran lo poco rentable que fueron los locales que quedaron en los piso más altos y la poca efectividad que representó para sus dueños establecer su venta allí.

Así lo relata Rosalba, a quien le fue otorgado un local en uno de los pisos de arriba, y quien trabaja en la venta ambulante, aunque no siempre ha sido de su agrado, y quien prefiere dedicarse a la lectura de las cartas o las manos y a mirar la suerte a través de los cigarrillos o de los números. Para ella, la ubicación de los locales fue lo que marcó el fracaso de la reubicación. Las ventas nunca se “levantaron” y no se logró surtir el negocio; muchas personas no subían las escaleras ya que encontraban todo lo que buscaban en los locales de abajo. Las cuotas que debían pagar a la administración, así como la dificultad para surtir bien el local y tenerlo bien “plantado”, fueron otras de las dificultades que ella cree se presentaron en esta reubicación; mientras que en la calle se presenta el beneficio de que a uno lo ven y lo distinguen, además de no tener que pagar ninguna administración y de no tener que surtir mucho espacio y de gastar menos plata.

En el Caravana no hay únicamente ingas, también hay personas no ingas que venden muchos productos similares y que los ingas distinguen diciendo que esas son tiendas naturistas y no de indígenas. La presencia de estas personas que saben también de curas ha afectado el trabajo de los ingas, no solo por la mala fama que deja la poca efectividad de los tratamientos por ellos recetados, sino también por la excesiva competencia en la venta de los mismos productos. Antes, cuando todavía estaban en las casetas estaban agrupados y las casetas estaban contiguas, no como ahora, cuando están separados por locales de otras personas que no son ingas.

Otra situación negativa en el proceso de reubicación en el Caravana han sido las resoluciones que se han expedido por parte de la administración del centro comercial y que han marcado una clara distinción con lo vivido en las calles. La prohibición de que los hijos de los comerciantes estén fuera de los locales impide que los niños estén en los pasillos del centro comercial, porque impiden el paso y estorban a los clientes; sin embargo, no se tuvo en cuenta que, como los locales son tan estrechos y los niños son inquietos, no es posible que se queden en un solo local.

En mis visitas al Caravana me sorprendió que los niños puedan estar por fuera del centro comercial y que, aunque estén solos, siempre están bajo la vigilancia de algún vendedor ambulante de los que están en las afueras del centro, que por lo general venden en cajas o cajones la fruta de la temporada o las medias veladas. He hablado con Doña María Tránsito, una lotera que desde hace más de treinta años se dedica a la venta ambulante en la esquina de la carrera décima con doce, la misma que cuelga los tableros de las loterías en las rejas de la iglesia8 y que se resguarda del sol bajo la sombrilla de los carritos de “perros calientes” y se recuesta en la caja que supongo sirve para los cables de las líneas telefónicas del sector. Ella, Doña María Tránsito con sus más de treinta años de estar en la misma esquina, la que ella considera como su territorio porque le ha dado de comer, ha visto crecer a los que ahora ya no son tan niños y con quienes ha compartido muchas batidas de la policía.

Ella cuenta la vida de todos y cada uno de ellos, en donde mezcla la tristeza de otros tiempos, las rabias y las alegrías de las peleas ganadas o perdidas con la policía; es como el diario de los acontecimientos del crecimiento de varios ingas. Cómo jugaban entre ellos, y con los otros niños en las aceras, siempre teniendo cuidado de no salirse a donde iban los carros; cómo las madres los cuidaban de los “males” y cómo allí mismo dormían arropados en mantas sobre alguna improvisada cuna; cómo más tarde fueron creciendo y, si tenían la oportunidad, iban al colegio y también cómo ayudaban a sus padres después de salir de estudiar.

También cuenta cómo toman de “harto” y comen “mucho”, siempre brindando y con actitudes que ella considera “de derroche que no se pueden en estos tiempos; y también se pregunta por qué será que los ingas casi no se enferman de nada y concluye “será por los remedios que toman desde niños o por la costumbre de andar en la calle y eso les crea defensas”.

El puesto (sitio de venta en las calles) es el lugar donde se colocan y se exhiben los productos para los clientes que acuden en busca de soluciones físicas, sociales y psicológicas, y que tienen o adquieren un valor por el significado cultural; pero, también, es el lugar en que se trabaja con todos o con la mayor parte de la familia y en donde “la mujer y el menor de edad juegan un papel importante, puesto que son parte activa de la comercialización de los productos” (Guevara, 1985: 19).

Los ingas, para Guevara (1995), conservan en la ciudades su concepción tradicional sobre las enfermedades porque ésta se constituye en una respuesta a las condiciones socioculturales y económicas que deben enfrentar en sus nuevas condiciones de vida; además de ser una alternativa a los problemas de salud que afectan a cierta población que vive en Bogotá, sirve como elemento que les facilita la identificación cultural de esa población que los consulta.

Lo anterior nos recuerda la propuesta de Suárez Guava (2000), quien plantea cómo las brechas (imaginario) de la cultura occidental son aprovechadas por el indio en la ciudad; aunque el autor ensancha el campo de acción de estas brechas a la suerte. Sería precisamente este conocimiento el que los diferencia del resto de los vendedores ambulantes: la venta de plantas, productos animales y el reconocimiento de su poder curativo, previsorio o alarmativo. ¿Pero es entonces posible igualar equiparar o ligar el ser indígena con el conocimiento de las plantas con diversos fines?

Una posible respuesta es la ofrecida por el estudio de Suárez Guava (2000) quien a través del análisis de la percepción temporal de los ingas en Bogotá, por medio de su narrativa, cuenta de su identidad como indígenas. Demostrado en las relaciones que se establecen diariamente en las ventas, en su forma de relacionarse con el otro, en los ciclos de la vida representado en los chumbes, en la figura del kutey y rebasado en su manera de expresarse, especialmente para los mayores, cuando hablan y se devuelven no solo en su vida, en los caminos recorridos, sino en la estructura misma de la conversación: percepción temporal que no riñe ni compite con la percepción del tiempo en la que nos hallamos insertos. Concluyendo así que esta brecha es utilizada, en efecto, para reafirmar su condición de indígenas, así estén en la ciudad.


 
 
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