Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
LOS CAMINANTES DEL ARCOIRIS

Recostados sobre los muros de la Iglesia (que yo conozco como la de San Judas Tadeo y que, después, leyendo en un texto, descubrí que no se llama así), que alguna vez debieron ser blancos inmaculados desde la mitad para arriba y verdes relucientes desde la otra mitad para abajo, hasta que se topa con un muro de piedras que asemeja la colocación de los muros de los ladrillos, están algunos Ingas que viven en Bogotá.

Muro lleno de hollín de humo1 que brota desde los exhostos de los buses que recorren las calzadas del frente, por no nombrar otros automotores, como los taxis y carros particulares, que generalmente son escasos en esta vía, considerada como peligrosa, llena de trancones, de gente “indeseable” y huecos. Suciedad de la carrera décima que va coloreando los muros de manchazos grises o amarillentos, como el color sucio de las blusas blancas que se percuden en los cuellos y las mangas cuando el uso todavía no les ha robado la forma delineada a sus contornos y no parecen mordidas por los dientecitos de un ratón. Muros opacos como, tal vez, las ilusiones que se recuestan en esta calle.

De la mitad hacia abajo de este muro, las piedras de cemento y los brochazos de verde, que alguna vez debió verse reluciente, sirven de espaldar para los cansancios acumulados por los días, mañanas y tardes que se consumen entre los regateos, los ofrecimientos de los productos y servicios y los descansos sobre los guacales en los que se traen a los mercados las frutas para vender. Los guacales que, si bien algunas veces sirven de silla, también sirven de cama para los más pequeños, cuando a ellos el cansancio también los consume y las espaldas de la mamá se cansan o cuando ella debe salir y entre el amparo de las astillas de madera unidas con puntillas y clavos oxidados, asemejando un corral-cuna, los tíos o las tías, primos o primas, cuidan al pequeño.

El día corre con la compra del tinto que es cargado en termos, amarillentos de lo viejo pero no de lo sucios, por manos de personas generalmente jóvenes,2 aunque a veces no portan los termos en sus manos, pues hay contenedores que se parecen a las máquinas que ayudan en el campo a fumigar. Jóvenes que vestidos con overoles decorados con símbolos distintivos de granos de café amarillos, azules y rojos, desarrollan su actividad.

Los que llevan los termos en sus manos se cuelgan termos con tapas de varios colores para no confundirse al destaparlos, y evitar así que se le vaya el calor al tinto o a la aromática; y sacan de los morrales, a veces terciados al frente por seguridad o a veces colgado a los lados, como otros brazos, extensiones de su cuerpo, los vasos que según el tamaño indican el monto de la compra. Aguas que se acompañan, siempre y cuando haya plata y si el hambre es mucha y apremia con el pan o la galleta o tal vez la gelatina.

Pero para exhibir tanta mercancía ya no es suficiente el termo ni la especie de máquina fumigadora-surtidora de café. Los que venden estas comidas, si tienen plata, tienen para un carrito-exhibidor-vitrina: un rectángulo totalmente hecho en vidrio para permitir que se vea el interior del carro y uno se antoje de los panes, roscones, sanduches, liberales, ponqués.

Continua el día. Recostarse, huyéndole al cansancio de los días de sol que recalienta la cabeza, casi igual a como lo hacen las rabias; o a la lluvia que enfría las ganas casi tanto como lo hacen los charcos que se forman en los huecos de las calzadas en las cuasi-cunetas de las intersecciones de éstas, con los andenes; el agua empozada ante el paso del peso de las llantas enfurecidas por la velocidad, o ante el conductor que, por la necesidad de esquivar algún hueco, que dañe las partes del carro (y como la situación no está para arreglos extras) empuja con sus pies los pedales del acelerador del carro, lo empapa a uno y lo deja a uno viendo un chispero, porque el agua empozada generalmente no está muy limpia.

También está la lluvia espantabobos, con su rutinario y monótono descenso; porque uno prefiere que caiga ese palo de agua de una vez, en lugar de esas gotitas que vienen con ese frío que se mete hasta en los huesos; porque es cierto, ese frío se siente hasta bien adentro, hasta el alma, que vendrían a ser como el tuétano, y que uno no logra calentar con nada. Es que esos cambios de clima desesperan porque no se sabe si hay que ponerse el saco o quedarse solo con la camisa.

Cansancio de correr, de tener que huir, cansancio que se ve más en las caras que en las espaldas. Se nota en los ojos (pero ni modo de agachar la cara porque en la calle hay que estar muy atento y, así parezca que no se está pendiente, uno se las esta pillando todas), en esas miradas que uno nunca olvida, en esos rostros en donde se conjugan la rabia con las ganas de gritar, con la satisfacción de no haberse dejado atrapar, con el aguante de las ganas de tener que soportar hasta la decisión final de huir, porque si lo cogen a uno, ya no se pueden contener más las ganas de gritar, ni de pelear.

Y darse cuenta que no hay tanto gusto ni voluntad, sino que toca soportar.

Los cosas y las situaciones lo halan a uno. Ojalá que no los agarren, porque cómo se paga la mercancía que se sacó con algún préstamo, o la que se consiguió empeñada; ya no habrá quien la pague, porque lo del diario no alcanza a veces ni para la leche de los niños y ya se le debe a alguna de las tías a las que seguramente se les pidió prestado la semana pasada cuando, de paso, se aprovecho y se pasó al Caravana a saludar a alguien y, como la necesidad urge, se hizo la diligencia porque los niños están muy cansones, no por lo consentidos sino por lo hambrientos. Ya hasta la tripa suena y con hambre no se puede correr y, si los policías se acercan, uno no logra escapar.

A veces, cuando los policías se acercan en el camión, se puede alcanzar a ver; otras parecen como fantasmas y si las personas no se dan cuenta, ocurre como cuando llegaron sin que uno supiera y no hubo tiempo ni para silbar ni para pasar la voz; venían sigilosamente, como las ratas, y atraparon a unos y hasta hubo pelea porque no dejan trabajar.

Y si no hay trabajo, no hay para comer ni para la pieza; no se entiende por qué tienen que perseguir si desde hace ya más de treinta años se está en la misma esquina de la misma calle, presencia solo alterada por breves ausencias para los viajes; pero no eran ausencias gratuitas, sino ausencias para traer otros productos o para seguir aprendiendo, para poder ofrecer lo mejor; pero los policías no deben saber qué es tener hambre, por eso persiguen a la gente y los que lo saben, porque muchos de ellos son pobres saben que la razón es otra.

Y estas son “mis” calles y puedo contar su historia, que es la misma mía como la historia de todos los que aquí han crecido, jóvenes, niños, viejos, hombres ó mujeres. ¡Cómo cambiamos todos! ¡Cómo cambió esta Bogotá, que antes parecía un pueblo!. En estas calles crecieron los hijos, los niños, como los niños de los “indios”, a los que nunca les pasaba nada, ni una enfermedad, a veces sólo se les pegan las malas mañas, con tanto vicio del alcohol, pero si están al lado de uno aprenden, mirando las cosas buenas y separándolas de las malas y siguen el ejemplo de nunca trabajar con la cabeza agachada.

Calle de los Dolores, ¡qué coincidencia! Coincidencia de la que me vine a dar cuenta cuando dejé de ver los andenes y alcé la vista para mirar más de frente a la mamá del que en esos tiempos era el gobernador.3 Alzar la vista y ver cómo se proyectaba la sombra que sobre su rostro hacia el trapo que, doblado en cuatro, le servía de sombrilla para los rayos del sol que le quemaban los cachetes, de por sí ya sobresalientes por la robustez que los marcaba y que a pesar de verse de vez en cuando más rojos, terminaban siendo más cobrizos; y con manchas que ojalá y no se vuelvan cáncer, porque el sol es muy bravo.

Trapo que recorta en juegos de sombras los ojos desconfiados que no miran a veces a mis ojos, a los ojos del interlocutor, no sé si por pena o por miedo, pero nunca vi cabezas cubiertas con un trapo por la pena de trabajar como vendedores ambulantes; nunca la cabeza baja cuando se huye ni cuando se enfrenta a los policías, ni cuando se reclama, así sea en un improvisado salón de clase, lejos de esa calle de muro manchado de hollín, de desagravios, de golpes y de persecuciones.

Porque no da pena levantarse y dejar de hacer los acostumbrados ronquidos, que retumbaban en el salón de clase en donde realicé algunos talleres. Música de fondo que empezaba al mismo tiempo que mi voz y que me iba marcando los ritmos por medio de los ronquidos duros, que cesaban inmediatamente después de las dos horas de videos y charlas y preguntas y respuestas y viceversa. Después de estas horas, se silenciaban los ronquidos, como un cronómetro que me indicaba que ya era el tiempo de marcharse y que la obligación de reportarse en el taller4 se acababa y ya quedaba garantizado el subsidio del mes al que se tiene derecho por ser “mayor”. Levantarse y decir en voz alta que las cosas en la calle son así porque se es indio y ser indio es igual a estar jodido y a ser bruto y así ha sido siempre, incluso desde antes de tener que salir del Putumayo, de donde tocó salir por estar aburridos de no tener plata y de tener que aguantar ya fueran, las misiones o los colonos o los otros indígenas que tenían plata porque ya habían viajado y sabían del mundo, y los trataban peor que a unos peones pues eran sus arrendatarios.

No se si era coincidencia, que esa calle tuviera ese nombre, o una coincidencia provechosa para mí, para poder realizar este trabajo. Tampoco sé que clase de dolores. En fin, calle de los dolores, en la que por efecto de las nuevas denominaciones y de los nuevos usos, tocará diferenciar entre “andén”, “calzada” y otras partes; hacer una escueta distinción entre las partes que comprenden uno y otro sector, cuántas señalizaciones hay, que límites hay y cuáles no se pueden sobrepasar.

Lejos de los tiempos en los que la casa Cabildo se levantaba erguida, de frente al patio, al terminar el largo pasillo, que desde la puerta azul de metal, marcó el inicio de mi conocimiento con los Ingas. Tarde tan lejana, a veces, consumida por los otros recuerdos de sucesivos lugares. De pronto, en la calle distingo a otros ingas que no suelen ir al cabildo; también alcanzo a ver más allá, a lo lejos, a los que fueron en los días pasados a poner una demanda o a recibir un castigo por su mal comportamiento. Casi a media cuadra, sobre el mismo muro, está con cara de trasnochados-recién-levantados-desayuno con trago, la pareja que ya en varias ocasiones ha sido reprimida en el Cabildo; ya no se para cuantos latigazos irá la cuenta.


 
 
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