Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
DE MI DIARIO DE CAMPO II Y LOS INDÍGENAS EN LA CIUDAD

Al salir de la puerta principal, dejando detrás las puertas de rejas y el aislamiento provisto por las divisiones de los vidrios de seguridad, el ambiente que se respiraba, allí afuera, era distinto. José Víctor Chasoy, posaba frente a la lente de la cámara, mientras yo trataba de encuadrar su figura siguiendo las instrucciones que él mismo me solicitó para la escenografía de este retrato; pues debía hacer evidente que estábamos en la Plaza de Bolívar, en el centro de la ciudad, mientras él portaba los distintivos que lo caracterizaban como el actual gobernador del Cabildo Indígena Inga de Bogotá.

Los saludos rápidos y las felicitaciones apresuradas se sucedían unos a unos a través de los abrazos y las estrechadas de mano de los paisanos, que salían uno detrás del otro como en una fila india, siguiendo las órdenes de ir adelante después de la requisa de los policías que resguardan la salida que antes, hacia las cuatro de la tarde, era la entrada de algunos de los ingas que vinieron a acompañarlo en el acto de su posesión ante el alcalde de la ciudad.

Unos Ingas estaban ansiosos ante la posibilidad de poder conocer personalmente a Antanas Mockus, otros sentían la ansiedad por saber que las posesiones de sus gobernadores ante el alcalde son un acto de reconocimiento de su presencia en la ciudad y de la fuerza de la importancia de su Cabildo.

Los saludos, las ansias y los chismes de última hora se confundían con los comentarios sobre lo ocurrido y hablado en una de las oficinas de la Alcaldía. Los discursos pronunciados por los Ingas y el alcalde habían sorprendido, al igual que la presencia de este último, pues, a pesar de ser la persona a quien más se esperaba, era de quien más se dudaba su asistencia.

En una de las intervenciones por parte de los Ingas en el acto de posesión, Isidoro, quien a partir de ese momento sería parte del grupo de los ex-gobernadores del cabildo, leyó un discurso en el cual destacó una serie de problemas que afectaban a los Ingas que vivían en Bogota. Sin embargo, en el que más hizo énfasis y que resultó más evidente, no sólo por la expresión de su rostro ni por la fuerza que utilizó para subir el tono de las palabras, sino por algunas miradas furtivas que lanzó hacia su lado izquierdo, donde estaba ubicada la mesa donde de vez en cuando el alcalde recostaba sus manos, fue el tema de las ventas ambulantes y, más allá de estas, el problema sobre los maltratos y la relación con la policía por el uso que los ingas hacen del espacio público.

Su propuesta era muy clara, basta resumirla en la posibilidad de permitirles ser y trabajar como vendedores ambulantes, teniendo en cuenta que culturalmente ellos, los ingas, trabajaban en eso, en la venta ambulante, y que la utilización que ellos hacían de las aceras, de algunas calles, de algunos barrios de la ciudad no podía considerarse bajo ningún punto de vista como una invasión y por tal motivo ser tratados como infractores.

No sé si fueron las furtivas miradas o el énfasis con que pronunciaba cada palabra, o la conjugación de los gestos producidos por Isidoro, que se reflejaban en su cara y en sus movimientos, o tal vez fue el murmullo que se musitaba bien bajito entre los labios y los oídos de los ingas asistentes, que aunque tenue, debido a algo más que a la acústica del recinto, se hizo fuerte, pero lo deseado se hizo escuchar, la respuesta que esperaban oír se pronunció y cedió el paso a risas que cortaron los murmullos.

Mockus, en un discurso no redactado antes, a diferencia de los hechos por los ingas, replicó los puntos que cuidadosamente había anotado en un pedazo de papel, con un esfero que había solicitado en medio de la reunión para que no se le olvidara lo que le estaban cuestionando. Su respuesta no fue solo para Isidoro, ni para los ingas que estaban asistiendo; también la hizo sentir, más no escuchar, para todos los ingas que no estaban allí presentes; aquellos que estaban trabajando dos cuadras hacia el occidente de la alcaldía, sobre la carrera décima, o estaban caminando por los barrios sin hacer aparente distinción de los puntos cardinales de la ciudad, o estaban en los locales de algunos centros comerciales creados a partir de los programas de reubicación y recuperación del espacio público.

La solicitud por parte de los Ingas de tener en cuenta sus características culturales en un tema tan delicado y de tanta controversia como lo era para el alcalde el tema del espacio público, era algo similar a exigir por parte de los mismos que se construyera un transmilenio que solo pudiera ser utilizado por indígenas. Entonces también resultó claro el mensaje, sin necesidad de hacer miradas furtivas, ni de elevar el tono de la voz ni generar más movimientos ni gesticulaciones que las usuales.

Aparentemente, bajo ninguna razón se iban a realizar ningún tipo de distinciones en la aplicación de la norma; más aún, se hizo énfasis en las alternativas y en las posibilidades de las ejecuciones de obras que en un plazo no muy largo garantizaran la reubicación de todos y cada uno de los vendedores ambulantes, no sólo indígenas, en donde se respetarían sus particulares maneras de vivir la ciudad en la ciudad. Murmullos cortados por risas, gestos cortados por la imposición de una voz que ni siquiera debió ser escuchada por los que trabajaban cerca de allí, aunque seguramente después por medio de los comentarios sí se hizo escuchar y se hizo sentir con la fuerza de una sentencia.

La respuesta que inicialmente causó risa y después, ya bajada la calentura de los pensamientos del evento del día de la posesión, en la soledad-acompañada de los días de ventas de lluvia y sol, fue causa de rabia y dolor y también de fuerza de resistencia ante la aprobación por parte del Concejo Distrital del Nuevo Código de Policía que entraría a regir a partir del 20 de julio de 2003.

Aunque éste fue aprobado a finales del mes de diciembre del año 2002, la espera de una incierta posibilidad de una esperanza se mezclaba, y se mezcla aún, a diario, con la incertidumbre de la recogida del camión, nunca avisada más allá de los silbidos generados en la aparentemente casi interminable red de vendedores o de los anuncios de muchachos contratados para tal fin o de los peatones solidarios, o tal vez de uno que otro trabajador de Misión Bogotá.


 
 
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