Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
DE MI DIARIO DE CAMPO I Y LA POSE > Territorios de conflicto y pertenencia: En las calles y dentro de los centros

Como hemos visto, el territorio no es simplemente un lugar sobre un espacio geográfico en el cual se asientan las personas. Un territorio como tal, es construido a partir de relaciones que se establecen en y con ese espacio; estas no son ahistóricas, neutras, individuales o vacías, ya que están basadas en procesos de dominación y sujeción, por lo que se inscriben nexos de poder, control, convivencia, etc. Todos los seres humanos, como seres biológicos y sociales (Vasco, 2002), somos en un territorio.

En oposición a los espacios cerrados, limitados, privados, condicionados y acondicionados, íntimos, particulares, está el afuera, como ese espacio abierto, ilimitado, público, de nadie y de todos, general. Lo “callejero” o “de la calle” borra toda formalidad, los límites de la permisividad, y trastoca todas las normas higiénicas, económicas, morales, sociales y culturales, de tal modo que se convierte en una categoría que significa una ausencia o falta de…; tal es el caso de la “comida callejera”, “ el trabajo callejero”, “las callejeras”, “los habitantes de la calle”, etc.

“Los alineamientos paralelos de dos series de inmuebles” determinan, para George Perec (1999), lo que conocemos como una calle. Ese espacio bordeado, delimitado en la mayoría de las veces por casas, que tiene entre otras funciones la de permitir ir de una casa a otra, o separarlas; también ayuda a localizarlas, ubicándolas generalmente por medio del uso de números para éstas y de n ombres o números para las calles.

Pero a diferencia de las casas, las calles no pertenecen a nadie, o por lo menos es así en principio, porque según el Acuerdo 79 de enero de 2003, hay personas que viven en las calles, son los habitantes de las calles. Una descripción detalla de la calle, escrita por Perec (1999) es la siguiente:
Están repartidas, bastante equitativamente, entre una zona reservada a los automóviles, y que se llama calzada, y dos zonas, evidentemente más estrechas, reservadas a los peatones, que se llaman aceras. Cierta cantidad de calles está enteramente reservadas a los peatones, sea de manera permanente, sea para ciertas ocasiones particulares. Las zonas de contacto entre la calzada y las aceras permiten aparcar a los automovilistas que ya no quieren circular. No es frecuente que haya árboles en las calles. Cuando los hay, están rodeados de una pequeña reja. Por el contrario, la mayoría de las calles están equiparadas con instalaciones específicas correspondientes a diversos servicios. La unión de la calzada y de las aceras tiene el nombre de cuneta: se trata de una zona ligeramente inclinada, gracias a la cual las aguas de lluvia pueden fluir hacia el sistema de alcantarillado que se encuentra debajo de la calle, en lugar de extenderse a todo el ancho de la calzada, lo cual fastidiaría considerablemente la circulación automóvil. Durante varios siglos hubo una cuneta y se encontraba en medio de la calzada, pero todo el mundo está de acuerdo en considerar que el sistema actual está mejor adaptado. en un principio es posible pasar de un lado a otro de la calle utilizando los pasos protegidos que los vehículos solo deben franquear con extrema precaución. Estos pasos protegidos, están señalizados, bien sea con series paralelas, perpendiculares al eje de la calle, de clavos metálicos cuya cabeza tiene un diámetro de más o menos doce centímetros. bien sea con anchas bandas de pintura dispuestas a todo lo ancho de la calle. El sistema de pasos de clavo o materializados no parece tener ya la eficacia que tuvo, sin duda en otro tiempo, y a menudo es necesario añadirle un sistema de luces de señalización de tres colores (Perec 1999: 83).
Para Vladimir Melo (2001) la calle es la metáfora más cruda y contundente de la vida; tal como un camino de representación. La calle es un espacio en permanente proceso de construcción y deconstrucción que representa la vida en sociedad con sus múltiples acciones y esencias en el transcurrir de un tiempo y un espacio. Más allá de un elemento arquitectónico o urbanístico (la calle es más que la vía entre las edificaciones), la idea esencial de la calle es ser un espacio construido, un espacio artificial, que puede distinguirse de las demás “vías” por su nombre.

Sin embargo, en esta vía de particulares características físicas, se efectúan actividades que la dotan de otros sentidos:
La calle puede reconocerse como un espacio particular, más por sus características físicas, que por muchas de las actividades que allí ocurren, las cuales, por supuesto, también pueden realizarse en el edificio. Pero cuando estas actividades se llevan a cabo en la calle y no el edificio, hacen de ésta un espacio con la pluriformidad total de la vida. De esta forma la calle nos brinda la posibilidad de ser, estar y-ser y estar con-: por ello vale como espacio único e irrepetible (Melo 2001: 16).
En oposición a las calles, los centros comerciales se constituyen como el “adentro” de las actividades: sociales, económicas, culturales, morales. Allí, se implantan nuevos órdenes, que obligan a nuevas conductas y actitudes, y a partir de ellos se pretende transformar las actividades informales, irrumpiendo y transformando las ciudades y sus habitantes, hasta el punto de mover y transformar “el centro”.

Los centros comerciales evidencian la aparición de múltiples nuevos “centros” en la ciudad, inicialmente creados bajo los parámetros de los casinos de Las Vegas, donde todo era posible; no sólo se han constituido en la manera más utilizada par reubicar a los vendedores ambulantes; también a través de ellos se crean las nuevas ciudades y también nuevas actividades.14

Los centros comerciales son diseñados para crear una “ciudad” distinta a la ciudad donde uno vive, recreando ambientes extraños y reproduciendo nuevas estéticas, incluso a nivel ambiental:
Ir al centro no es lo mismo que ir al shopping-center, aunque el significante “centro” se repita en las dos expresiones. En primer lugar por el paisaje: el shopping-center, no importa cuál sea su tipología arquitectónica, es un simulacro de servicios en miniatura, donde todos los extremos de lo urbano han sido liquidados: la intemperie, que los pasajes y las arcadas del siglo XIX sólo interrumpían sin anular, los ruidos, que no respondían a una programación unificada; el claroscuro, que es un producto de la colisión de luces diferentes, opuestas, que disputan, se refuerzan, o simplemente, se ignoran unas a otras; la gran escala producida por los edificios de varios pisos, las dobles y triples elevaciones de los cines y teatros, las superficies vidriadas tres, cuatro, cinco veces más grandes que el más amplio de los negocios. hoy, el shopping opone a este paisaje del “centro” su propuesta de cápsula espacial acondicionada por la estética del mercado. como en una nave espacial, es posible realizar todas las actividades reproductivas de la vida: se come, se bebe, se descansa, se consumen símbolos y mercancías. el shopping, si es un buen shopping, responde a un ordenamiento total pero, al mismo tiempo, debe dar una idea de libre recorrido; se trata de la ordenada deriva del mercado. Quienes usan el shoppin, para entrar, llegar a un punto, comprar y salir inmediatamente, contradicen las funciones de su espacio que tiene mucho de cinta de möebius: se pasa de una superficie a otras, de un lado u otro sin darse cuenta que se está atravesando el límite (Sarlo 19994: 17, el énfasis es mío).
Para Moncada y Reverón (1990), algunos de los centros comerciales en Bogotá han sido considerados desde la administración distrital como el instrumento más acertado para solucionar los problemas de “invasión del espacio púiblico”. Los centros comerciales que han sido creados, restaurados o las bodegas y locales que han sido adecuados para estas reubicaciones, nos recuerdan lo planteado por Castillejo (2000) sobre los espacios-dépositos.

Para este autor es posible plantear dos concepciones del espacio. En la primera, el espacio es una abstracción “que se define en función de su tridimensionalidad” (Castillejo, 2000: 118). En la segunda, la corporeidad, aquella relación que trasciende el cuerpo a través de la relación entre el espacio, las cosas y el sujeto, adquiere una dimensión que no se limita a lo material, surge a partir del encuentro con los otros; por esto, en esta modalidad de relación, el encuentro y la alteridad son sinónimos y por lo tanto son constituyentes de este espacio social.

Mientras en el “espacio objetivo” se establecen relaciones de distancias a partir de términos cuantitativos, de la matematización de la geometría euclidiana en donde no se definen las relaciones entre los sujetos a partir de la alteridad, sino en función de leyes racionales, en donde el sujeto esta completamente subordinado a éstas, por ser el espacio absoluto e inmutable, el “espacio social” se aleja de éste, rechazando el espacio cartesiano.

Desde este último se plantea, entonces, la construcción de otra concepción del espacio desde el Otro, en donde este forma parte determinante; el flujo, la corporeidad, la interacción son características inherentes a este espacio que ya no es “el depósito del cuerpo sino la habitación de la subjetividad, lo aleatorio y la intimidad” (Castillejo, 2000: 125).

Los Centros comerciales, en apariencia, no serían lugares “depositarios”, es decir transitorios, según lo planteado por Castillejo, pero, sin embargo, dejando de lado la apariencia de perpetuidad, serían todo lo contrario. Los centros comerciales o conjuntos de locales en donde se ha agrupado o “reubicado” a varios vendedores ambulantes, podrían ser catalogados como no transitorios, en la medida en que son “estables” de dos maneras: la primera, por su construcción, en un lugar que es permitido, resguardado y el cual no invade nada; la otra, porque a partir de estos se busca formalizar una actividad que no encaja con ciertos intereses, transformar los vendedores ambulantes en un comercio organizado.

Sin embargo, esto es sólo apariencia; en realidad si podrían ser espacios depositarios, si tenemos en cuenta que esa transitoriedad también se refiere a resguardar, transformar algo que es indeseado. Es este doble juego de la apariencia en donde se mezclan también lo oculto y lo invisible, en la misma medida en que el “otro” tiene una “pose” que puede ser manipulada con algún beneficio o con algún fin.

En San Victorino, los locales utilizados para la reubicación son descritos como “galpones para pollos” (Moncada y Reverón, 1990), así mismo, Castillejo (2000) sitúa los espacio-depósitos:
Que tiene su concreción en una línea netamente político-administrativa, en la imagen del hacinamiento: el espacio está aquí reducido a la capacidad-función de amontonar o aglutinar. Los espacios de hacinamiento, son a la vez espacios de reclusión física, más aún cuando es espacio de tránsito o de paso. El Otro es objetualizado, reducido a su mera fisicalidad —la de comer o deponer— y es anclado en un anonimato como sujeto casi absoluto que los configura en ordenes de cosas intercambiables. Masa amorfa y generalizada (Castillejo 2000: 124).
El “espacio objetivo” o “espacio-depósito”, como es denominado por Castillejo (2000), se constituye al “margen de los sujetos que teoréticamente15 lo habitan” (Castillejo, 2000: 120) y por lo tanto es funcional.

Los centros comerciales, desde esta perspectiva se convertirían en otros “espacios-depósitos” los ejemplos ofrecidos por este autor hacen referencia a los lugares que fueron adecuados en los procesos de desplazamientos masivos: las (j) aulas de clase, las iglesias, los estadios, las carpas, etc, “se configuran como la única tecnología de resguardo y control de visitantes. las personas que los utilizan entran y se sientan en lugares que no están diseñados para “la comodidad” de la persona; de hecho se dirían que no están “diseñados” en general” (Castillejo, 2000: 121).

Sin embargo, habría una diferencia aparente en la intención con la cual tanto los centros comerciales como los demás espacios nombrados son construidos o adecuados. De tal modo, que mientras Castillejo (2000) define los lugares destinados para el “albergue” de los desplazados, como espacios refugios, de naturaleza transitoria básicamente marcados por la interacción, en donde se instalan los cuerpos de las personas:
…en su sentido más orgánico, los cuerpos son objetualidades. No se define el lugar por la “investidura” que el sujeto paulatinamente elabora sobre lo físico. Son “invitados” temporales, sujetos liminales en un lugar, liminal también, que propiamente no está hecho para habitar. En estos espacios-depósitos, las personas son, para quienes los depositan ahí, simplemente otros-extraños. Un estadio-refugio es aglutinamiento, fragmentación y refuerzo de una alteridad radical, inaprensible y hasta cierto punto, ininteligible. Aquí el Otro es, para quienes administran el mapeado del espacio, una alteridad radical que paradójicamente necesita ser resguardada, en tanto humana, pero a la vez separad (Castillejo, 2000: 122).
Las calles son, para algunos de los ingas que viven en Bogotá, los espacios de la corporeidad, de la intimidad, aquellos espacios donde se cruzan infinitas relaciones, espacios subjetivados en oposición a los espacios objetivados: “siendo lo subjetivo el producto también de infinitas relaciones, condensadas o no en recuerdos, voluntarios o no, su habitación es sentido de continuidad de un proceso, de una historia, es decir, de muchos tiempos y espacios” (Castillejo, 2000: 125).


 
 
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