Luis Guillermo Vasco   Luis Guillermo Vasco
 
LOS “CAMINANTES DEL ARCOIRIS” O LA ILUSIÓN DE LA CINTA DE MÖEBIUS
DE MI DIARIO DE CAMPO I Y LA POSE > Espacios o territorios

Lo “glocal”, un neologismo que manifiesta la relación dialéctica entre lo “global” y lo “local”, es una señal de uno de los rasgos más sobresalientes del final del siglo XX. A través de está relación se pone de manifiesto que, contrariamente a las reafirmaciones de lo global y de la irrelevancia de las distancias, lo local adquiere mayor fuerza y mayor determinación a través de la presencia de los “flujos de comercio, la localización de la producción y los aspectos sociopolíticos” (Moncayo, 2000).

También a escala global, las difíciles relaciones entre la sociedad y la naturaleza y el grado de deterioro y de destrucción de esta última, han generado también una nueva modalidad en los “lazos” entre los diferentes países del mundo. El surgimiento de conceptos como el de “desarrollo sostenible” o “sustentable” aparecen como nuevos discursos, que no son la realidad sino que aparentan serla; de este modo, logran definirla según los intereses de su lucha por el poder, “así sea sólo por el hecho de que de unas percepciones y definiciones dadas saldrán políticas e intervenciones que no son neutras con relación a sus efectos sobre lo social” (Escobar, 1999: 76).

El discurso “liberal”, el “culturalista” y el “ecosocialista” son tres posibles respuestas que se han planteado en la mediación naturaleza-sociedad-cultura y que Escobar presenta como soluciones (discursos) a “la problematización de la relación entre naturaleza y sociedad desde la perspectiva de la globalización del ambiente” (Escobar, 1999: 76).

El “desarrollo”, que desde 1950 ha sido planeado como un patrón de unificación de un mundo, pone de manifiesto el avance de una monocultura global que bajo el velo de una homogeneización, oculta ó destruye las diferencias. Tras los enunciados de una “sociedad mundial”, “mercado mundial unificado” o “responsabilidad global” se encuentra una correspondencia renovadora y fortalecedora de éste (Sachs, 1996). Resumamos brevemente estos tres ideales:

Detrás de la filosofía de la Declaración de las Naciones Unidas se encuentra la concepción de que hay que lograr “un mundo”, ya no bajo la guía tutelar cristiana de la igualdad de los hombres tras el don divino de la salvación, sino con la idea del “progreso” de la Ilustración con la cual la “humanidad” podría acceder a la paz. La humanidad, que se basó en una flecha temporal, catalogaba los avances en los tiempos históricos de los pueblos hasta llegar al estadio máximo de la civilización desde la concepción europea.

La garantía de la paz se cimentó, en la globalización de las relaciones del mercado (Sachs, 1996), ya que a partir del intercambio aumenta la prosperidad y se incrementan los intereses y beneficios económicos de los países. Es, así, como después de la segunda guerra mundial, el dominio económico ha reemplazado al dominio militar, “la conquista de territorios extranjeros por estados belicosos ha dado paso a la conquista de los mercados extranjeros por industrias en búsquedas de ganancias” (Sachs, 1996: 381), sin embargo, y a pesar de la supuesta igualdad, la pretendida unificación del mercado bajo el amparo de articular “un mundo”, cede su pasó a situaciones de mayor dependencia y mayor control y dominación de ciertos países hacía otros.

Por último, las cuestiones ambientales adquieren nuevas significaciones reforzadas por las imágenes satelitales que demuestran el hecho de compartir todos un solo planeta y un solo destino. Los actos locales se suman, se agregan y se enmarcan en relaciones globales de destrucción de la naturaleza, cuyas consecuencias se hacen sentir a lo largo y ancho de todo el planeta. La unidad es tanto una amenaza como un factor de desequilibrio y se constituye como la prueba más fehaciente de la necesidad de realizar esfuerzos conjuntos. Las nuevas configuraciones mundiales a raíz de la expansión del capitalismo, la problemática ambiental y las repercusiones en las configuraciones sociales del planeta y la tan buscada y pretendida homogeneización legitimada por discursos de heterogeneidad, son algunas razones que sirvieron como detonantes para la revitalización por el interés del espacio y el territorio.

Para Palacio (2002), a finales del siglo XX la encrucijada de los debates territoriales se halla entre la perspectiva de la globalización que vuelve innecesario al Estado mientras se resaltan las dificultades territoriales locales cuando se “examinan” nuevas problemáticas, como la ambiental, las luchas sociales, etc. Encrucijadas que para Colombia son evidentes, por ejemplo, con el proceso de la descentralización o la conformación de las ETI -Entidades Territoriales Indígenas- (Restrepo, 2002).

Algunas de las posibles consideraciones de los conceptos de espacio y territorio, pueden ser tratarlos “como categorías básicas en la construcción de un proyecto nacional” (Delgado y Montañez, 1998). También se diferencia entre espacio y territorio; denominando a este último como un espacio socializado y culturalizado a través de periodos históricos por múltiples actores (Ramírez 1996), o la manera como se maneja y ordena un territorio (Herrera 2002); por lo tanto, no hay un consenso sobre que son el espacio y el territorio y se plantean tipologías y definiciones según los intereses de cada estudio.

Los conceptos de espacio, territorio y región, son “expresiones de la espacialización del poder y de las relaciones de cooperación o de conflicto que de ella se derivan” (Delgado y Montañez 1998: 120), por lo tanto, estos conceptos no son neutros y no carecen de contenido. No obstante, tanto en la academia como en la práctica política por mucho tiempo fueron, y aún en gran medida lo siguen siendo, considerados simplemente como receptáculos, escenarios inmóviles, carentes de significado y ausentes de cargas sociopolíticas; de tal modo se convierten en sinónimos sin tener en cuenta que son formas creadas socialmente, y que son un instrumento del poder, que se manifiesta en la construcción del Estado-nación (Delgado y Montañés, 1999).

No obstante, la importancia del territorio en la construcción del Estado-nación no es la única manera de comprender el territorio y el espacio. Así lo entiende Palacio (2000) quien considera que la naturaleza se convierte en recurso cuando ha sido descompuesta y abstraída, cultural y tecnológicamente, para ser utilizada; el territorio es una: “porción de la naturaleza, y por tanto, del espacio apropiado-material y simbólicamente” (Palacio 2002: 379, el énfasis es mío), que es transformada por medio de una acción cultural y a través de la cual una sociedad reivindica los derechos de todos sus miembros a los usos y disfrutes de los recursos por medio de las facilidades a su acceso y a su control.

Sin embargo, cuando Palacio (2002) desglosa este concepto, y sin desconocer el desarrollo que ciencias como la biología, la etología u otras ciencias del comportamiento han aportado a los conceptos de territorio y territorialidad, concluye que ha sido a través de la construcción del Estado moderno como el concepto de territorio ha cobrado mayor importancia. Esto es posible ya que uno de los componentes esenciales de la conformación de los Estados–nación (desde las visiones clásicas) ha sido, junto a la población vinculada culturalmente (que normalmente se ha denominado Nación) y al monopolio jurídico-político (Soberanía), la idea de un territorio (País).

La consolidación en Europa, a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, del poder de la clase burguesa por medio de su integración a un mercado nacional y la incursión de sus intereses económicos a las relaciones territoriales del Estado-nación y no del Estado-absolutista, muestra que para el predominio de la idea de nacionalidad se requería de la derrota de las monarquías absolutistas (Palacio 2002).

Al contrario, la consolidación territorial del Estado-nación se construyó sobre las bases del Estado absolutista, en el cuál, por medio de la subordinación de los poderes locales, se fue ampliando el poder territorial. La expansión territorial marcaría entonces una característica compartida por el Estado-nación moderno y el Estado absolutista, la incorporación de nuevos dominios es descrita como la suma a partir de cero, en donde, “ si un estado anexa un territorio, es porque otro lo pierde” (Palacio 2002: 381). La territorialidad adquiere con la consolidación del Estado-Nación en Europa un carácter jurídico-político-militar.

Al respecto, para Monnet (1999) la representación y el manejo de un territorio son acciones y éstas participan en la definición del actor geográfico y del territorio. La construcción del Estado moderno a partir del renacimiento europeo, se constituye en un ejemplo de la manera como se maneja el territorio y como se define el actor territorial. La construcción del Estado moderno, “fue condicionada por la progresiva elaboración de una coincidencia entre una administración racionalizada, un territorio continuo y un pueblo políticamente homogeneizado” (Monnet 1999: 113).

Por ejemplo, una manera de representar y manejar el mundo la constituyen los mapas. Los mapas son expresiones de una manera de ver el mundo y contienen información que va más allá de las meras observaciones físicas. A través de la diagramación, representación y manejo del mundo que hace el mapa se conforma el territorio y se encuentra su sentido: “los mapas se encargan de naturalizar todo lo cultural al introducirlo en el territorio, bien sea con la elaboración de mapas sonoros, de contaminación, de comercio, de servicios sociales, de rutas de transporte” (Camargo, 2003: 70). Lo representado en los mapas se liga a lo que es habitado y a lo que lo habita y vive en él. Los mapas no son entonces una realidad sino una manera de representar opiniones, como en los Estados-nación modernos, elementos como el catastro, la estadística y la información geográfica sirven para construir el territorio (Camargo, 2003).

Sin embargo, a pesar de lo anterior, subsiste una confusión entre los conceptos de territorio y espacio a la que hay que sumarle la confusión generada por la intromisión de los conceptos de espacialidades y territorialidades, como ocurre en los estudios antropológicos. A pesar de la susceptibilidad de la realización de estudios antropológicos sobre el territorio, que se basan en el carácter subjetivo de éste y que se sustentan y se comprueban por medio de las extensas listas de datos etnográficos, de las cuales se puede concluir que entre el hombre y el medio físico surge una concepción que regula esta relación, se presentan, según García (1976), dos dificultades en las investigaciones sobre este tema.

La primera dificultad se refiere a las técnicas adecuadas para su comprensión y la segunda a una adecuada conceptualización (García, 1976). La conceptualización plantea la necesidad de precisar el concepto de territorio sin caer en el equívoco de volverlo sinónimo de espacio físico, ni tampoco equipararlo con el espacio donde tienen cabida las relaciones políticas, ya que esto conduciría a igualar el concepto antropológico del territorio con un concepto político del mismo.

A partir de lo anteriormente escrito, podemos deducir que desde la antropología el concepto de territorio no puede ser reducido a un concepto de espacio, ya que este último tiene un carácter polisémico (espacio físico, político, matemático, etc.) y esto impide hacer una clara referencia a los atributos que se le otorgan al concepto de territorio. De todos modos, muchas veces estos conceptos se equiparan y se hacen más difusas las “fronteras” entre uno y otro concepto. De igual forma que el concepto de territorio ha sido equiparado en múltiples ocasiones con el concepto de territorialidad y el de espacio con espacialidad, a pesar de que entre estos exista una diferencia.

Una de las razones de ser de estas difusas zonas fronterizas, tiene que ver con su producción, es decir, con el cómo las ciencias sociales construyeron el espacio y el territorio como su objeto de estudio, y también de las relaciones que enmarcaban este proceso. A pesar de la importancia y pertinencia de los estudios territoriales que han sido planteados desde la antropología, la mayoría de las investigaciones surgen de otras “ciencias”, como la ecología, la etología, la geografía humana, la sociología, la psicología. Entre éstas adquieren máxima importancia los estudios desde la geografía, como aquella ciencia rotulada como una ciencia espacial, cuyo indiscutible objeto de estudio era el espacio.

El espacio era la superficie de la tierra en espera de ser transformada por el hombre, y se hacía un uso indistinto de términos como espacio, lugar, región y territorio, para referirse a ese “espacio”. El hombre es un ser geográfico (Sack, 1997, parafraseado por Montañez, 2001) que transforma la naturaleza y, en esa misma transformación, el hombre se transforma a sí mismo, actuando como catalizadores los progresos tecnológicos y las lógicas organizativas, sociales, productivas y culturales.

Montañez (2001) enfatiza que la “mirada muerta” sobre el espacio fue lo que llevó a considerarlo como una cosa, un recipiente en espera de ser llenado, un objeto aislado, separado o, como afirma Delgado (2001), a considerar como una verdad indiscutible la idea de la existencia de un espacio-objeto. Sin embargo, la geografía no siempre fue definida como la exclusiva y excelente ciencia espacial y tampoco el espacio como su objeto de estudio; la principal preocupación eran los contenidos más que el contenedor mismo y no era necesario participar en las discusiones filosóficas ó científicas sobre la naturaleza (Delgado 2001).

Los estudios de geografía regional son, para Delgado, claros ejemplos de esta visión positivista de la geografía, en los cuales se delimitaban superficies terrestres o regiones, las cuales eran descritas para luego ser asimiladas o diferenciadas comparándolas con otras regiones que presentaran las mismas características. Sin embargo, el estudio de cada región impedía que se extrapolaran leyes universales, ya que cada región presentaba y poseía rasgos específicos que la hacían única y no susceptible de ser organizada bajo ningún tipo de ley general o universal.

A mediados del siglo XX, tras la crisis de los estudios regionales que colapsaron por su singular visión descriptiva del espacio absoluto y por la poca utilidad de sus conclusiones a los requerimientos sociales, políticos, económicos de la época, se dio un cambio paradigmático en la geografía. La transformación paulatina de ésta en una “ciencia espacial teórica y empírica con énfasis en el orden espacial, mediante un método científico naturalista” (Delgado 2001: 42), plantea una división en el estudio del espacio sobre el mismo espacio: el espacio abstracto y el espacio concreto (la superficie de la tierra).

A partir de esto, el espacio se convierte en el elemento “articulador y objeto mismo de teorización” (Delgado 2001: 43). El espacio es una real estructura ordenada y abstracta. Su “orden” es posible de representarse en teorías, leyes y modelos. Durante la década de los setentas, algunas críticas fueron dirigidas hacía este modelo “positivista”. Ya que, además de que las estructuras que se develaban (las leyes universales) pretendían ser ahistóricas, autómatas y autosuficientes, también se les criticaba su compromiso con las clases que detentaban el poder, su alejamiento de la realidad social, su pretendida objetividad y su carácter abstracto. Estas críticas, sin embargo, no significaron la desaparición de la geografía cuantitativa, tal y como lo podemos ver ahora con el auge del uso de los Sistemas de Información Geográfica, etc., (Delgado 2001).
Por los mismos años, con la revolución de la “Geografía radical”, se plantea que el espacio no es un “ente natural” sino que es un espacio relacional generado como un subproducto social de un modo de producción y que su comprensión sólo es posible a través de una geohistoria que implique “el conocimiento de los procesos involucrados en su producción, lo que hará de la geografía una especie de economía política de la producción del espacio” (Delgado, 2001: 49).

Sin embargo, muchas críticas han sido planteadas a la geografía radical. Los positivistas critican su poca utilidad práctica y su uso excesivo de la crítica; el escaso uso de la técnica y el abuso de la mirada inquisidora sobre la producción del espacio. Para los posmodernistas y los postestructuralistas, no deja de ser una metadiscurso y por lo tal es totalitarista e insensible ante las diferencias, como serían por ejemplo, las de género (Para ver más sobre está discusión, ver Delgado, 2001).

No obstante, desde la crítica al espacio-contenedor, que era considerado como un objeto o una cosa aislada, separada, aquel vacío en espera de ser llenado se ve una transformación que le imprime a este concepto una pauta más relacional, desde la cual se puede estudiar y considerar el espacio. De este modo, como alternativa a las diferentes concepciones del espacio, se propone que en la actualidad el espacio “geográfico” sea entendido como una “categoría social e histórica que abarca los procesos y los resultados de la acumulación histórica de la producción, integración y apropiación social de estructuras y relaciones espaciales de la biosfera terrestre” (Montañez, 2001: 17).

Desde esta relacionalidad entra en juego el concepto de territorio como un “conjunto relacional que insinúa un conjunto de vínculos de dominio, poder, de pertenencia o de apropiación entre una porción o la totalidad del espacio geográfico y un determinado sujeto individual o colectivo” (Montañez, 2001: 20).

Pese a la anterior distinción para algunos autores no se hace una diferenciación entre los conceptos de espacio y territorio. Tal es el caso de Esguerra y González (1983), para quienes el espacio es producido social e históricamente porque es el lugar en donde los hombres desarrollan las diferentes prácticas que permiten su reproducción social; por lo tanto está organizado de acuerdo a los intereses, y contradicciones de cada sociedad, a partir de lo cual se puede concluir que cada cultura tiene diferentes maneras de apropiarse del espacio en el cual se ha establecido.

No hacer esta distinción surge de la apariencia de que los espacios y los territorios son lo mismo. Muñoz (1998), no obstante, establece que el espacio es función del territorio y del sentido de lugar. De tal modo que “un grupo usará o percibirá un espacio determinado según piense y delimite el territorio, según lo viva e incorpore a su experiencia y según constituya una imagen de él” (Muñoz 1998: 12).

Monnet (1999) distingue entre los conceptos de espacio y territorio. El concepto de espacio hace referencia a una abstracción (la idea abstracta de la geometría), a una extensión, la inmensidad, a un vacío. El concepto de territorio en cambio, se refiere al resultado de la experiencia, a un concreto, que está cercado y delimitado; “el territorio es la suma de todos los lugares concretos con los cuales el individuo es involucrado a través del tiempo: en el pasado (experiencias pasadas movilizadas por la memoria), el presente (acción y experiencia directa) y el futuro (proyectos, anticipaciones y expectativas)” (Monnet 1999: 112).

Pero siguiendo la posición relacional (Montañez 2001) del territorio es posible distinguir en un territorio varias dimensiones, tales como las dimensiones políticas o las afectivas. Estas dimensiones se concretan a partir de una relación dinámica con el espacio y con las personas que ejercen un dominio, una posesión, y establecen en él y con él lazos afectivos y de identidad. Estas ligazones dotan al espacio “físico” de múltiples dimensiones, es decir lo transforman en territorio.

Cuando sobre un mismo territorio se establece el dominio de uno o más sujetos o de una o varias colectividades se crean diferencias en un mismo territorio, es decir surgen las territorialidades. Anteriormente habíamos visto como había sido acuñada por Montañez (2001) una definición de territorio que parte de considerar a un sujeto o a un grupo con dominio exclusivo, hegemónico, sobre el espacio geográfico, con lo cual se establece y se constituye el territorio, y cómo, por medio de ese poder, se establece también un control sobre los que viven en ese espacio.

Pero cuando hay varias personas o grupos que ejercen varios grados de dominio sobre un mismo espacio, a diferentes niveles, resultan las territorialidades o “el grado de dominio que tiene determinado sujeto individual o social en cierto territorio o espacio geográfico, así como el conjunto de prácticas y sus expresiones materiales y simbólicas capaces de garantizar la apropiación y permanencia de un territorio, dado bajo determinado agente individual o social” (Montañez 2001, 22). Norcliffe, (citado por Muñoz, 1998), define territorialidad urbana como el comportamiento mediante el cuál las personas que utilizan espacios semejantes se identifican con ese espacio, al tiempo que desean acentuar su control sobre él resistiendo a las presiones provenientes de zonas vecinas.

Es posible observar dos características indisociables del concepto de territorialidad: una conformada por jerarquías que se establecen en y entre los diferentes grados de dominio; y la otra constituida por los conflictos, disputas, pugnas generadas a partir de esa jerarquización y que pueden producir desterritorializaciones o nuevas territorializaciones.

Para Muñoz (1998), sin embargo, no existe una relación entre el tipo de propiedad o dominio y el uso al cual se destina el territorio, para que estos se conviertan en determinantes de la existencia de territorialidades, pues estas se constituyen como referentes empíricos sobre un espacio.

Para algunos la relación incluyente entre territorialidades y manejo del espacio no es tan evidente en el concepto de territorio y prefieren utilizar conceptos de ordenamiento territorial. Martha Herrera (2002) distingue entre la manera como se apropia un espacio y el manejo del mismo. Para no confundir estos dos niveles de análisis, recurre a diferenciar el concepto de territorio y el ordenamiento espacial. Siguiendo la definición de territorio propuesta por John Agnew1 (1994), plantea dos problemas para precisar el sentido del concepto territorio: el primero es el de la territorialidad y el segundo el del uso socio-geográfico.

En el primer sentido este término remite a un espacio que es propio en oposición al espacio de otro y está delimitado por una persona, un grupo o por el Estado, y, en segundo lugar, a la posibilidad de equiparar este termino con los conceptos de lugar y región. Sin embargo, según la autora, deja de plantearse la manera como las diferentes culturas manejan un espacio considerado propio, ya que el concepto de territorio “.en un sentido estricto. hace referencia a la propiedad o apropiación de un espacio y las formas como distintas sociedades producen diferentes formas de territorialidad” (Herrera 2002: 28)

El ordenamiento espacial o Landscape2 propuesto por Duncan (1989), le permite a Herrera (2002) mostrar como se ordena y maneja un espacio. Sin embargo, debe introducirle ciertos matices que den cuenta de las disposiciones estatales (modelo de ordenamiento espacial legal) y de la variedad de modelos que pueden coexistir y que para el caso de su investigación coexistían hacía el siglo XVIII para los ordenamientos espaciales de las Llanuras del Caribe y los Andes Centrales.

El comprender el manejo del territorio implica para Monnet (1999) tener en cuenta la problemática de la relatividad cultural ya que entender el territorio supone comprender qué significado tiene para cada uno de los seres geográficos y las posiciones que ocupan estos últimos entre los actores sociales; por lo tanto no existe un territorio en sí, sino un territorio para alguien.

Los seres geográficos son definidos por la manera como manejan el territorio, es decir, las acciones que ejercen sobre él, su planeamiento y ordenamiento; el territorio entonces, desde la perspectiva de su manejo, “es a la vez una exterioridad física que impone ciertas condiciones y limitaciones a la acción humana, y un instrumento para lograr los objetivos de un individuo o una sociedad “ (Monnet, 1999: 111), y su uso busca ser beneficioso para quien lo maneja.

Por lo tanto, en el territorio, “más allá de la realidad somática, parece un dato incuestionable la manipulación ideológica que cada cultura hace no solo de la casa, como unidad territorial menor, sino también del territorio acatado por la comunidad o el grupo (García, 1976: 19) o, resumiéndolo, “el territorio es un espacio socializado y culturalizado, de tal manera que su significado incide en el campo semántico de la espacialidad” (García, 1976: 267).

Edward Hall (1973) el término Proxemística relacionó de una manera más estrecha los estudios del hombre con el espacio, desde una mirada antropológica. El hombre vuelve al espacio físico en territorio a través de las síntesis sensoriales moldeadas por la cultura y sólo a través de los códigos inscritos en ella, es posible su comprensión.

Hall (1973), distingue la “dimensión cultural”, es decir la relación subjetiva que se establece entre el hombre y el espacio, donde es posible distinguir una diversidad de percepciones y variedad de concepciones sobre el espacio. A su vez, en esta dimensión se pueden distinguir tres aspectos: El perceptivo (mundo sensorial), el representativo (esquemas y formas mentales) y el comportamiento en el espacio, que se constituye en el resultado de los dos anteriores. Como toda relación social, aparecen las relaciones de poder, de conflictos y acuerdos sobre el modo de ordenar el espacio.

Todos los seres humanos establecemos relaciones con el espacio que habitamos, no sólo porque somos seres biológicos, sino, porque más allá de ser un espacio físico, es una espacio que hemos transformado en territorio al socializarlo y culturalizarlo. Sin embargo, se presentan diferencias entre la manera como las diferentes sociedades se relacionan con esta, por ejemplo los indígenas y las campesinas (Vasco 2002).

Para Vasco (2002), en el Pensamiento Telúrico, el territorio es un espacio social, producto de la apropiación de la naturaleza por medio del trabajo a través de la comunidad quien lo arranca del espacio natural, desde donde se generan las condiciones necesarias para vivir dentro de la misma comunidad. Es el grupo quien con su trabajo colectivo transforma la tierra (medio de producción), no sólo porque ella sea un sustento físico, sino porque es producto de las modificaciones humanas, constantes a través de una sucesión de generaciones en el tiempo.

Sin embargo, para el pensamiento telúrico, la producción de este territorio (la relación entre la tierra y el hombre) no está dada solamente por una modificación a partir del trabajo: “En su concepción de la manera de relacionarse con la tierra, la verdadera relación aparece invertida, tomando por realidad su apariencia. El indígena se enfrenta tanto a la tierra como a la comunidad como a dos premisas naturales de su existencia. La segunda lo es en verdad, la primera sólo en apariencia” (Vasco 2002: 200).

Lo anterior es posible porque el enlace que el indígena establece con la tierra es a través de su comunidad, es por eso que “la tierra no aparece en su conciencia como un simple medio de la producción, sino como “la raíz de la vida” como si fuera su madre que lo origina y lo mantiene, se trata así de una conciencia fetichizada pero objetiva: existe y es aceptada por el grupo (Vasco, 102: s.f.)

En un artículo publicado veinte años después, Vasco, dilucida este concepto. El territorio, no obstante, sigue siendo algo más allá de un espacio físico. Es una creación de las transformaciones realizadas en la naturaleza a través del trabajo colectivo. El territorio es espacio socializado (producto de un doble proceso: la evolución natural y el trabajo) que se ha establecido históricamente, de esta manera:
Formas de ocupación y poblamiento, modos de apropiación a través de formas de trabajo, autoridad y pensamiento, divisiones internas y sitios históricos y de otra índole, asociadas, todo ello constituye ese vasto conglomerado de relaciones sociales que hacen de un espacio sobre la tierra el territorio de una sociedad en un momento de su historia, siendo uno de los elementos básicos de su identidad frente a los demás (Vasco 2002: 202).
Resumiendo; los conceptos de espacio y territorio no son neutros y, por lo tanto poseen cargas ideológicas que son producto del dominio de un sistema económico y político excluyente que se representa y, al mismo tiempo, representa un único concepto de territorio, cuyo ejemplo más visible lo constituiría la idea del País. También son el resultado de interés renovadores y pretendidos objetivos “bajo los desintereses-interesados de la ciencia”. No obstante, en ese mismo país, a la idea de un territorio se sumaría una sola nación, una sola identidad, una sola cultura, desde donde los territorios se mapean como las “poses naturales” de los individuos que deben pertenecer a ciertos lugares y que se resguardan o ocultan en las construcciones de nuevos espacios, o en los olvidos de las lejanías.

Todos los seres humanos transformamos los espacios en los que vivimos en nuestros territorios, pero se presentan diferencias entre las sociedades. Para algunos el territorio es vida, mientras para otros el territorio es solo soberanía. Pero ahora también se habla bastante de otros lugares, de los territorios imaginados, cuya descripción realizaremos más adelante porque nos ayudará a comprender mejor la conformación de los “espacios públicos”.


 
 
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