Los papeles solicitados por la Oficina de Asuntos Indígenas del Ministerio del Interior para cumplir a cabalidad con los trámites legales necesarios, según las nuevas disposiciones, para el reconocimiento de los Cabildos Indígenas, desde hacía ya varios días estaban invadiendo las mesas y las sillas que se hallaban ubicadas en los costados y en el centro del patio de la que en algún tiempo fue la estable casa del Cabildo Inga de Bogotá.
Las pocas paredes que aún quedan en pie, mientras sostienen con pereza los retazos de techo a punto de derrumbarse, separan y dividen la cuadra de aquel barrio que queda ubicado por la sexta con sexta, en el “centro” de la ciudad. Allí, se pueden encontrar casas de usos dispares, por ejemplo, al lado de la derrumbada casa, queda un depósito y al lado de éstas; marquetería y tienda; en esta última se consigue el mecato para engañar al estómago cuando las reuniones en el Cabildo son largas y los niños tienen hambre.
Del otro lado, opuesto a los depósitos, a las marqueterías y a la tienda, al costado de la Casa-Cabildo, colinda un Liceo del que se fugan de vez en cuando, ayudados por la acción del viento que arrecia con más fuerza a ciertas horas, de ciertos días, de ciertos meses del año, los sonidos de un timbre-campana que organiza y divide el tiempo de estudiar y el tiempo de jugar; los espacios en los que se aprende y los espacios en los que se juega. Sonido que se mezcla con los gritos de los estudiantes y las llamadas de atención de alguna profesora, las peleas, los regaños y las risas que se sueltan después de las burlas y las chanzas.
Era uno de aquellos días de jueves por la tarde, (porque es el día en el cual se programan las reuniones en el Cabildo) en donde los montones de carpetas de color café oscuro decoraban el paisaje, en las cuales reposaban, algunas veces, con ganchos legajadores, otras veces cosidas con ganchos de cosedora, las hojas de los documentos del historial de las familias ingas que hacían parte del Cabildo. Las carpetas y las hojas que poco a poco iban dominando las plantas que crecían desde los huecos de los costales, que se habían ido acumulando cada vez que se programaba una minga para la remoción de los escombros y que se dejaban a la vera de los pasillos en espera de ser pronto trasladados.
En las carpetas reposaban las fotocopias de varios documentos que desfilaban por las manos de los miembros del cabildo, que seleccionaban la calidad de la imagen de la foto y la legibilidad de los nombres y números para ir acomodando todo el trabajo de la semana. Antes de empezar con la labor y mientras en uno de los cuartos que todavía se mantienen en pie la reunión estaba llegando a su fin y se habían discutido los problemas para los que se había citado esa mañana, avanzaba la tarde. Esa mañana no hubo latigazos para los demandados. Mientras tanto, sentada bajo el amparo de un alero, me encontré con un joven inga a quien desde hacía algún tiempo conocía y a quien en varias oportunidades había visto trabajar sobre la acera de la carrera décima con doce, recostado sobre el muro de la iglesia de San Judas Tadeo. También lo había visto y conversado con él en Conferías, cuando allí se convocaba a las Ferias de las Colonias.
La cercanía con la fecha de aplicación del nuevo Código de Policía y las inquietudes que de parte y parte surgieron a partir de mi investigación, nos ayudaron a dar inicio a una conversación. Le expresé lo que yo había concluido y cómo lo había concluido ayudada por algunos ingas; el problema del choque: concebir y vivir la calle y el espacio público, de cómo se concebían y por qué (los ingas) se aprendía(n) en las calles y como se podía considerar como “segundo territorio” en oposición al Putumayo.
Muchas veces, a lo largo de la conversación, él me interrogaba acerca de lo que yo había visto y de lo que pensaba, en varias ocasiones me pedía que me alejara de lo que había leído y de lo que me habían dicho y que siguiera más lo que yo había visto. Otras veces me insistía en recordar y en escuchar con atención las voces que me habían hablado alguna vez, tal como él se acordaba de los recuerdos de las voces que le describían el Putumayo de sus padres y que él llevaba en su cabeza y que distinguía como mi Putumayo chiquito, porque él nunca había ido al Putumayo.
Insistí, yo también, en que me tratara de explicar aquellas cosas que no me encajaban bien. Insistimos los dos en alejarnos de la idea del territorio para los indígenas, solo como tierra cultivable. Insistió también en que no todas las cosas debían o tenían que encajar, que a veces hay cosas enredadas y que no hay que buscarles el nudo para arreglarlas, porque no lo tiene; porque no hay un nudo o si lo hay es por ser así.
Me dijo que, seguramente, el problema era que no había entendido que para ellos, los que vendían en la calle, no había nada que fuera segundo, como yo estaba denominando a las calles como su “segundo territorio”, y tampoco que fuera un problema, sino una enfermedad; porque los problemas tenían solución, pero las enfermedades no. Por lo tanto, la situación de los vendedores ambulantes ingas más bien parecía una enfermedad sin cura; y que lo “segundo” resta importancia a todo lo que es importante.
Mientras conversábamos, la tarde avanzaba y la reunión daba comienzo a su fin; se acerco un paisano, que yo había visto un par de veces antes, pero a quien no distinguía por el nombre; se nos acercó más de frente, porque todo el tiempo había estado cerca de nosotros recostado en un poste, escuchando lo que comentábamos. Nos dijo que tocaba comenzar a arreglar los papeles de estos “tiraflechas”. Hubo risas, como siempre las había con ese tipo de comentarios.
El viento de esa tarde también nos trajo las palabras de los niños de algún curso, que estudiaban por la tarde al lado de la casa cabildo. En el Liceo Nuevo Mundo, que tras el sonido de la campana-timbre del fin del recreo subieron y se agolparon frente a los ventanales compuestos por varias divisiones de vidrio que separaban el salón del resto del aire de ese segundo piso, que tiene una vista perfecta al patio de la casa donde nos hallábamos ubicados.
Los gritos de llamado a la profesora (los niños la llamaban insistentemente para que se acercara a la ventana) se confundían con los avisos de ¡miren a los indios!, ¡Mírenlos allá!; y entre las pequeñas cabezas que se agolpaban entre los brazos y las piernas de los demás compañeros, la altura de la profesora sobresalía, resaltada por su figura envuelta por una bata blanca, de cuyos extremos salían sus dos piernas y dos manos que sostenían libros y un borrador. Se quedo algún rato en silencio observando a través de esos vidrios-ventanas, como viendo “desfilar” una película, o como mirando por los lentes del “telescopio” de esas fotos viejas que tomaban antes en la Plaza de Bolívar, gracias a la magia de esas cámaras que doblaban el negativo de donde salían imágenes pequeñas de personas lejanas, que gracias al lente del “telescopio” se veían más cercanas: se podía ver su “pose”.1
Mientras la algarabía de los niños continuaba, las manos de los ingas ordenaban los papeles revueltos que debían presentar a Asuntos Indígenas para poder cumplir con esa solicitud.
Para empezar con un preámbulo, Gustavo Montañés (2001) afirma que la conciencia de finitud del planeta en el que vivimos es la que ha llevado, desde el último cuarto del siglo pasado, a un interés renovador por parte de múltiples pensadores de distintas áreas y disciplinas, que se ha revelado en una creciente inquietud por el conocimiento del presente y el futuro de estos espacios y territorios.
Para Sachs (1996) esta conciencia contemporánea se hizo evidente desde finales de la década de los sesenta del siglo XX, a través del mensaje de la primera fotografía del planeta Tierra tomada desde el espacio exterior. Este mensaje, además de proveer la imagen real de la finitud física del planeta, significó también la transmisión de la sentencia de que “estamos condenados a un único destino porque somos habitantes de un solo planeta. De ahora en adelante —un mundo— significa unidad física; significa —una tierra—. La unidad de la humanidad no es ya una fantasía de la Ilustración o un acto comercial sino un hecho biofísico” (Sachs 1996: 384).
El interés por los estudios espaciales y territoriales, surge entonces, en un momento en que se han ido revaluando concepciones que se tenían sobre el Para Montañés (2001) el renacimiento de este interés, que él denomina “metáfora espacial”, esta ligado a la intensificación y estrechez de las interconexiones de fenómenos ambientales, culturales, económicos y sociales (Montañez 2001: 15) Y al igual que lo presenta Sachs (1996), evidencia la naturaleza contradictoria de las acciones cuyos efectos no ocurren sin continuidad en los escenarios: locales, regionales, supranacionales o en el mundo entero.
Las actuales ciencias sociales tienen un interés común al reconocer que los fenómenos, sistemas y procesos sociales deben entenderse teniendo en cuenta los diferentes espacio-tiempos que estructuran una sociedad, destacándose, así, la importancia del espacio y la espacialidad como fundamentos que hacen posible la compresión de una sociedad.
Anterior a este interés, la falta de importancia de los temas espaciales es incluso evidente, según Delgado Mahecha (2001), en la historia del pensamiento geográfico, ya que una breve revisión del mismo, muestra cómo no fue el espacio su tema de especial interés y que, consecuentemente, no era la ciencia espacial como usualmente se creía.
Por lo anteriormente descrito, las investigaciones sociales tuvieron un marcado acento histórico, producto de la obsesión modernista por la historia y las virtudes renovadoras, cambiantes y transformadoras del tiempo, opuestas a la visión estática, fija y muerta que se le otorgó a la noción del espacio mismo, a la luz de los nuevos acontecimientos mundiales, a raíz de la finalización de la segunda guerra mundial y la reconfiguración de nuevas espacialidades y territorialidades y las profundas transformaciones que se dieron en estas y a partir de estas, sumado a la expansión del capitalismo, las inquietudes ligadas a los efectos ambientales y sociales de las transformaciones recientes. (Montañez 2000).
Del mismo modo, y como ha señalado Montañez (2000), este interés y preocupación espacial y territorial se han renovado “paralelamente” en la academia a medida que se intensifican las “interconcexiones” entre las “regiones” a nivel “mundial”. Estas inquietudes también han tenido un crisol en Colombia, en donde desde múltiples enfoques y mediante varias alternativas se ha establecido una concepción particular del territorio como base ó sustrato de la idea de País y, más aún, cómo se ha negado la existencia de otras diferentes y diversas concepciones sobre los territorios (Palacio 2002); por lo cuál podemos afirmar que se privilegia la idea de un “Territorio Nacional” marcadamente excluyente por una visión segregada de los demás territorios o maneras de concebirlo.
Sin embargo, está última concepción no se limita simplemente al “territorio” en su concepción física ó material, sino que marca y rotula los habitantes de los territorios, de la misma manera como las “fronteras” de los países delimitan zonas de poder y los mapas sirven como cartografías de la escenificación de los mismos espacios de poder (Camargo, 2003). Las personas que en él viven adquieren rótulos y se les aplican ciertas características que se constituyen en inherentes a su ser, como sus “poses” “naturales”, del mismo modo que a ciertos “espacios” se les otorgan características “naturales”.
Del mismo modo, a esta rotulación, demarcación y escenificación de poderes, no son ajenas las ciudades y, como veremos a lo largo de este texto, en “capitales” como Bogotá se crean “ilusiones” para “realizar” la quimera de la transformación de las desigualdades. Pero estas ilusiones pueden partir también de algunas construcciones físicas a partir de las cuales el impacto del deslumbramiento de la igualdad queda garantizado.
Las “ciencias sociales” han sido participes de esta transformación que ha sido guiada también por la ilusión de los “nuevos tiempos”, en donde se pretenden establecer como renovadoras, ante los viejos y demolidos edificios en los cuales estaban auto-encerradas desde hace ya mucho tiempo por la ceguera voluntaria que se proclamaba como objetividad ante los acontecimientos de la realidad.
No es de extrañar, entonces, que reclamen como innovador lo que a gritos se exigía como propio y se reivindicaba como parte de algo que era mucho más amplio. Sin embargo, y por lo mismo no es de extrañar que esas mismas disciplinas, que valoran la diferencia y la multiplicidad de territorios, creen o establezcan nuevas barreras para que siga dominando una sola concepción a pesar de la posibilidad de la tan nombrada “diversidad” o que creen “ilusiones” de reconocimiento en la oscuridad de edificios mal adaptados, construidos o establecidos para tal fin como los centros comerciales.
Surgen como nuevos lugares de reconocimiento, cuando no son más que nuevos espacios-depósitos (Castillejo 2000) y se privilegian estos nuevos espacios como lugares de interacción, de fluidez, de integración. Lugares liminales, pasajeros, desde donde surgen nuevas “ciudadanías” capaces de derrocar las injusticias; lugares creadores de “la igualdad material” (Código de Policía de Bogotá, 2003). Para nuestro caso, la calle, el escenario de este conflicto, sin dejar de lado esos nuevos “espacios públicos”: los Centros Comerciales, descritos de la mejor manera por José Saramago (2001)
A continuación analizaremos el espacio y el territorio y la manera cómo han sido constituidos y construidos a partir de las ciencias sociales; partiremos de y desde allí, para llegar a nuestro punto máximo de interés: el Espacio Público, desde donde saldremos a recorrer la situación de los vendedores ambulantes, en especial, los indígenas ingas que viven en Bogotá y se dedican a la venta ambulante sobre las calles como territorio, como espacio de aprendizaje.
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